Cumaribo busca salir del olvido

Cumaribo bien hubiera podido llamarse Macondo, pero a nadie le importaría. Su nombre también se debe a un árbol, la palma de cumare, y José Arcadio se sorprendería porque su pueblo, de 72 mil kilómetros cuadrados de extensión, en cambio de estar a orillas de un río, permanecería rodeado de la nada por una llanura inmensa, en todo el centro del Vichada. En vez del río, lo que lo une con el resto del mundo es una trocha que atraviesa la sabana y que solo es recorrida por camiones o buses a los que se les levanta la carrocería para que sobrevivan, como anfibios, en medio del lodo de estas carreteras. Desde Villavicencio, el vuelo en avioneta tarda una hora y media, pero por tierra el recorrido se extiende hasta por dos días.
En vez de gitanos, cada año llegan indios del Ecuador vendiendo ropa. Como 90 por ciento de la población es indígena, allí han encontrado un nicho de mercado propio para ese tipo de mercancía. Aunque las cosas ya tienen nombre, muchos de los indígenas que no saben español, prefieren señalarlas con el dedo para comprarlas.
La extensión de Cumaribo es casi cuatro veces la de Costa Rica, pero en vez de presidentes ha tenido 21 alcaldes en los 20 años de su vida administrativa. La gran inestabilidad se debe a que siempre fueron elegidos mandatarios indígenas que, con buenas o malas intenciones y sin la experiencia del manejo de lo público, terminaban firmando contratos a la ligera, pasándose por la faja la normatividad.
Sólo hasta el periodo anterior (2012-2015) Arnulfo Romero, un alcalde no indígena, se convirtió en el primero en lograr terminar su mandato.
“La inestabilidad afectó mucho el desarrollo del municipio. En promedio los alcaldes han durado casi 10 meses y luego los destituyen o se van presos. Solo con Romero se vio progreso y ahora ya van a estrenar una sede para la alcaldía, hay calles pavimentadas y un parque para los niños”, opina Luis Carlos Álvarez, gobernador del Vichada.
El descalabro financiero tiene al borde de la quiebra a la Alcaldía, pues de la categoría cuarta, con la que nació hace dos décadas, hoy es sexta y en riesgo de una intervención administrativa.
Pero Cumaribo también tiene su historia de guerra y hubo una época en que no necesitaban alcaldes para que existiera autoridad . Por sus calles de tierra roja se paseaba Tomás Medina Caracas (el Negro Acacio), quien mandaba por encima de cualquier otra persona. Muchos de los que aún hoy viven aquí afirman que nunca se inmiscuyó en asuntos del pueblo, pero aquellos que salieron desplazados lo catalogan como uno de los comandantes más ruines de las Farc.
El narcotráfico dominó la economía por muchos años y gracias a la conexión por ríos cercanos, el tráfico de la droga hacia Venezuela era una realidad que nadie negaba. “Esa plata es más bien maldita y lo que trae es perdición. Mire que después de tantas décadas viviendo de la bonanza de los cultivos ilícitos, los laboratorios y el narcotráfico, nada le quedó al pueblo. Los que vinieron, hicieron fortuna y se fueron. El pueblo sigue sin desarrollarse”, dice Roger Calderón Ospina, quien lleva más de 22 años viviendo aquí.
Pero no siempre fue el Negro Acacio el que controló la zona. Algunos viejos recuerdan cómo para comienzos de los noventa el comandante Danilo fue el guerrillero que empezó a ver en la coca un negocio que podría ser muy rentable para las Farc. También hablan de los enfrentamientos entre el batallón Efraín Rojas Acevedo del Ejército y el Frente 16, que dejaban muertos en medio de la llanura. Hoy, después de tantos años, los habitantes esperan que aparezcan esos cuerpos.
Hace dos años la presencia del bloque Libertadores del Vichada, una bacrim que comandaba Pijarvey y quiso apoderarse de las rutas de la coca de las Farc, volvió a intranquilizar a la comunidad. Con la decisión del Gobierno Nacional, el Ejército lo dio de baja a él y en mayo pasado a alias Venado, su sucesor.
Del Frente 16 ya queda poco, según fuentes del Ejército. Sin embargo, si escogieron esta área como zona de concentración, significaría que aún centenares de hombres en armas patrullan por las extensas sabanas.
Chupave, aún más lejano
Las balas rozaban los techos de las casas en Cumaribo cada vez que la Fuerza Pública se enteraba de que el Negro Acacio y su socio, el brasileño Fernandinho, estaban cerca del municipio e iniciaban una nueva cacería.
Pero casi siempre se la pasaban en Chupave, la inspección donde posiblemente ahora sea instalada la Zona Veredal Transitoria de Normalidad (ZVTN). Queda a cuatro horas del casco urbano de Cumaribo y es donde Medina Caracas celebraba los cargamentos de cocaína que lograba pasar por la frontera.
Para llegar allí es necesario hacer trasbordo por un planchón sobre el río Vichada, el afluente que atraviesa el departamento de occidente a oriente y parte en dos este territorio. En invierno, como lo es en esta época del año, sólo unos pocos avezados conductores, en motos o camperos, se atreven a trochar la sabana hacia el sur, entrándose más a la selva para llegar a esta inspección alejada de todo.
De acuerdo a lo que recuerda Napoleón Vargas, un desplazado de Chupave, desde mediados de los ochenta las Farc empezaron a hacer presencia en esa zona, justo cuando los cultivos ilícitos atraían chagreros con ganas de hacer fortuna rápido. Para los noventa, la guerrilla ya tenía control sobre toda la altillanura, no solo en Chupave, sino más hacia el sur y se extendía hasta las selvas del Guainía.
En esa época los guerrilleros se paseaban por las escuelas recordándoles a los muchachos en qué consistía su revolución. Cuando cumplían 14 o 15 años se los llevaban a entrenamiento. El Estado sólo hacía presencia cuando llegaba el Ejército a patrullar o se veían los aviones bombardeando campamentos en medio de la selva.
“Sin embargo, estos últimos años ha habido tranquilidad. Pero la gente teme que estas zonas de concentración se conviertan en otra “recocha” como la del Caguán y que vuelva a existir solo la ley de las Farc. A muchos les da miedo hablar o se acostumbraron a los abusos de los guerrilleros, pero lo cierto es que ellos cometieron muchos abusos con los que se oponían”, dice Vargas.
La inspección tiene hoy alrededor de 260 habitantes colonos, que viven de la agricultura y la ganadería. Sin embargo, en el auge de la coca más de 3.000 personas llegaron hasta este sitio de todas partes del país para tratar de tomar su parte en la tajada del negocio de la cocaína.
El personero de Cumaribo Rosendo Rey reafirma ese temor de las comunidades por un reactivamiento de los grupos ilegales, en especial en estas zonas habitualmente abandonadas por el Gobierno. “Ese olvido fue lo que permitió la llegada de las Farc y que estas impusieran su autoridad para dominar el territorio y el negocio del narcotráfico. Hoy lo que sobrevive es un puñado de campesinos que sufre por ese pasado, sin escuelas y sin un sistema de salud eficiente. Por eso es que, aunque apoyamos la paz, si Cumaribo y Chupave fueron elegidos como escenario de posconflicto, la idea es que también llegue inversión social”, sostiene el representante del Ministerio Público.
Agrega que los cumaribenses quieren dejar atrás el estigma de la guerra entre Farc y paramilitares, de las desapariciones y de los desplazamientos. Él mismo ha sido víctima de amenazas, luego de denunciar que el puesto de salud de Güerima, otra inspección de Cumaribo, fue usado para que las guerrilleras abortaran. También el actual gobernador vichadense sufrió en carne propia la violencia en esta región, cuando su único hermano fue asesinado por las Farc hace más de una década.
“Hoy tenemos la oportunidad para construir la paz de verdad y eso se va desarrollando desde el Gobierno Nacional, porque estas comunidades lo que necesitan es apoyo”, recalca el personero.
El desconocimiento de los acuerdos firmados, así como el mecanismo de funcionamiento de las ZVTN, es lo que más preocupa a los habitantes de estas sabanas inmensas, que hacen parte de lo que han llamado la última frontera agrícola de Colombia.
Niños en desnutrición
Contrario a la Alta Guajira, Cumaribo es de un verde intenso, rodeado de agua por todos lados. Pero al igual que en ese departamento, también sus niños indígenas se mueren de hambre.
No basta que este municipio sea considerado una de las esperanzas del desarrollo agrícola del país, porque en el 2015 fallecieron 15 menores de edad por causas relacionadas con desnutrición y este año ya van seis. Estas cifras solo corresponden a quienes fueron atendidos en el Centro de Recuperación Nutricional, un hogar de paso financiado por la Gobernación del Vichada, en Cumaribo, a donde los padres pueden llevar a sus hijos para que recuperen talla y peso.
“Creemos que pueden ser muchos más los niños muertos por el hambre, porque algunos fallecen en sus casas y los indígenas, por tradición, los sepultan allí mismo. Sin embargo, ellos no los reportan de manera oficial. Aquí las distancias son muy grandes y resulta imposible hacerles seguimiento a los menores a los que hemos hecho tratamiento”, sostiene Paola Andrea Roa Sarmiento, trabajadora social del Centro de Recuperación Nutricional.
El promedio de hijos por familia es de ocho, de acuerdo a las encuestas adelantadas por este centro.
El hogar tiene cupo sólo para 15 niños, pero habitualmente allí permanecen entre 24 y 26 bebés con sus respectivas madres, casi todas de la comunidad sikuani. Quienes conocen de cerca esta comunidad afirman que los cambios de tradiciones de los indios hace que ahora pasen más hambre, pues ya no salen a mariscar (cazar) porque se acostumbraron a la plata fácil que dejó el cultivo de la coca y ahora a las ayudas que provengan del Estado.
“En los resguardos se deben generar proyectos de seguridad alimentaria, de acuerdo a sus tradiciones. Si esto no sucede, la situación de muertes en la población infantil continuará”, explicó el personero Rosendo Rey.
“No sabemos las razones, pero el Vichada siempre ha sido relegado en inversión social, siempre ha estado en el olvido, como que no existiéramos para el resto del país. Aprovecho que ahora nos ven para ser escenario de paz para que el Gobierno Nacional se fije en este departamento. Con los pocos recursos hemos construido el Centro de Recuperación Nutricional, pero requerimos apoyo”, sostiene el gobernador Luis Carlos Álvarez.
Cumaribo, que sucumbió a una peste del olvido del Gobierno, se hubiera podido llamar Macondo, pero ni siquiera aparece en los libros

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