Bita: la nueva joya de Colombia

Volar por entre las copas de los árboles es posible en el Vichada. No se necesita ser Tarzán, tampoco tirarse en un canopy. La travesía es acuática. El río Bita es el que lleva el ritmo del vuelo. Sus aguas inundan hasta las últimas ramas de los árboles y al pasar en una lancha o canoa, se pueden tocar con las manos. De fondo, están los tallos, las raíces, los peces y las flores que volverán a emerger en unos meses.
Por las aguas altas, ese fenómeno del ‘invierno’ de la Orinoquia, Federico Mosquera debe observar con cuidado cuál sitio es el ideal para adentrarse por las pocas zonas en firme del río. Su misión es instalar las cámaras trampas para hacerles un fotoestudio a las dantas, las nutrias y los pumas que pasan ‘volando’, por las aguas, de árbol en árbol.
 Escoge una orilla, donde pudo haber pasado un perro de agua, porque las ramas se han quebrado y con un cuchillo se abre paso. Se debe aprender a observar los rastros que dejan los animales en su camino: un palo partido, una huella en la tierra, un camino a medio definir. El punto ideal para instalar la cámara, una caja de plástico verde que adentro tiene un GPS y una memoria, es a 40 centímetros del suelo para poder apreciar por completo al animal que se cruce.
En la noche, cuando Federico vuelva al campamento, una danta caminará cerca de la cámara trampa que dejó, se encenderá el sensor y la cámara le tomará, sin que ella se dé cuenta, una fotografía.
Esa foto y otros más de 21.000 registros son algunas de las evidencias de cómo el Bita, un río que nace en la sabana vichadense, es el secreto mejor guardado de la biodiversidad en el oriente del país. Un río cuyas aguas son el hogar para las crías de delfines rosados, las nutrias gigantes, los pumas y los perros de agua.
Es secreto, porque aunque los lugareños sabían de su existencia, por primera vez en su historia se le está estudiando. Federico Mosquera es uno de los más de 60 investigadores que en dos temporadas entre enero y junio de este año se adentraron en dos expediciones científicas sin antecedentes en la región del Orinoco.
Ambas expediciones están en el marco de la alianza por el río Bita que se estableció desde el 2014 y es gestionada por la Gobernación del Vichada, operada por el Instituto Alexander von Humboldt y con el trabajo de Parques Nacionales Naturales de Colombia, Corporinoquia, el Fondo Mundial para la Naturaleza, Fundación Palmarito Casanare, Fundación Orinoquia, Fundación Omacha, la Corporación Ambiental La Pedregoza, la Armada Nacional y Fuerza Naval de Oriente.
Mosquera, investigador de la Fundación Omacha, instaló en compañía de Jacinto Teherán, un conocedor tradicional del río, 40 cámaras trampas a lo largo de 20 kilómetros que se recorren en siete horas.
La última, que acaba de instalar, está a solo 40 minutos del campamento, ubicado en un sector conocido como Rampa Vieja en área de Puerto Carreño.
A orillas del Bita se instalaron las carpas y plásticos de 16 investigadores, que descubrieron a mediados de junio las especies que habitan el río de más de 600 km.
 Ciencia en carpa
Mientras los estudiosos de los mamíferos llegan de instalar las cámaras, Juan Gabriel Albornoz, biólogo de la Universidad del Tolima, y Carlos DoNascimiento, coordinador de la colección de ictiología del Instituto Humboldt, analizan las muestras de peces que tomaron durante la mañana.
En cada punto geolocalizan, toman fotos y describen el fondo de las aguas.Luego comienzan a rastrear con redes de metro y medio y hasta de tres, incluso utilizan trasmallos. El resultado es nada despreciable: colectan en diez días poco más de 200 especies, que representan un quinto de toda la biodiversidad de la cuenca del Orinoco.
El Bita, por ser un río que nace en la sabana, y no en la montaña, no carga tantos sedimentos. Es de aguas, aunque oscuras, destiladas, donde los peces reciben sus alimentos de las copas de los árboles, que al sentir el aumento del caudal, desprenden sus frutos.
Es una sincronía natural para que se mantenga la vida corriendo entre las copas inundadas. “Es un río que mantiene una integridad ecológica prácticamente prístina. Es un río lento de caudal llano y muy llamativo por la biodiversidad que alberga. Esta manera de estudiarlo puede ser un modelo que se puede replicar en otros”, opina DoNascimiento.
Al lado de los ictiólogos, como se les referencia a los expertos en peces, al caer la tarde en el campamento, Hugo Mantilla, el gran investigador de los murciélagos en Colombia y profesor de la Universidad del Quindío, está debajo de un toldillo examinando las especies que colectó en la noche anterior.
En los nueve días que ha durado la exploración, particularmente ha encontrado que los murciélagos que habitan el Bita son insectívoros, pero muy especiales.Toma una de las muestras que cose con ayuda de unos alfileres, es la piel de un murciélago con grandes orejas, de unos ocho centímetros, que se especializa en comer ranas, para eso ha desarrollado unas papilas que le permiten saber si la que va a comer es venenosa o no.
“La mayoría de registros son nuevas para el departamento, incluso podrían existir formas nuevas que todavía no podemos identificar”, cuenta con emoción, porque sabe que muchas especies que están en el Bita no son comunes en las colecciones de murciélagos nacionales. “Hacer esto es tomar una fotografía, que perdurará en el tiempo, para que la gente tenga una visión de cómo era la Tierra en este momento”, cuenta.
Mantilla explica que entender a los murciélagos es comprender cómo funciona el ecosistema. “Acá son muy estacionales. Hemos presenciado una sincronía absoluta de la reproducción de las hembras murciélago y la temporada de lluvias, donde saben va a haber más frutos, que necesitarán para amamantar a sus crías”.
De árboles y culebras
Cada día de la expedición, Oswaldo Díaz, del Instituto Humboldt, e Hilda Mosquera, de la Universidad del Tolima, caminaron aproximadamente ocho horas para colectar las plantas de los bosques inundables, las sabanas y los morichales. Estos últimos típicos de la región por albergar a las palmas de moriche, de donde se deriva su nombre.
Salen desde las 6 de la mañana. Toman las flores y las hojas, que luego con cuidado empacan en hojas de papel periódico con alcohol para que queden conservadas. Según los investigadores, el más destacado árbol a las orillas del río es el chinga, de flores amarillas que sobresalen en medio de la inundación. “No se nota intervención de cortes, es un bosque bien cuidado”, anota Mosquera.
El mismo hallazgo lo constataron Adrián Vásquez y Camila Durán, quienes todas las noches salieron en búsqueda de las ranas, los caimanes y las culebras. Ellos son los investigadores de reptiles y anfibios.
“El río está muy bien conservado. Encontramos especies muy interesantes: un lagarto, que se encuentra solamente en afloramientos rocosos, que vienen del Escudo Guyanés; y una rana, que también vive en las rocas, que se calientan hasta los 40 grados, y a pesar de que esos anfibios respiran a través de la piel, pueden vivir en esos ambientes extremos”, relata la investigadora, quien también asegura que todos estos hallazgos son nuevos registros para el Vichada.
Sucede igual para los escarabajos, que pasan la mayor parte de su tiempo enterrados en el suelo. Diego Martínez Revelo, biólogo de la Universidad de Nariño e investigador de la Asociación Gaica, fue el encargado de tender las trampas de excremento para identificarlos. Logró colectar 4.000 ejemplares. “Para el Vichada no se conocen muchos artículos publicados y no tienen muchos ejemplares en las colecciones. Este será un aporte significativo para los registros regionales”.
La riqueza del Bita no solo está bajo tierra. Sobre las copas de los árboles, esos sobre los que ‘volar’ no es difícil por la expansión del agua, se hallan las garzas, los patos, los gansos de la Orinoquia. La investigadora Estefanía Izquierdo identificó más de 127 especies.
Aunque la expedición duró 12 días, este y otros hallazgos podrían ir conociéndose tras los meses de investigación que les esperan a los científicos. “Cuántas historias tiene por contar el Bita, no lo sabemos, apenas estamos escribiendo la primera página”, concluye Mantilla.

Por Laura Betancur Alarcón
Para El Tiempo
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