Ser mujer y pescar

Doña Rubiela Vargas, quien lleva más de 40 años pescando en el Vichada, ha visto como últimamente es más difícil sacar algo. El proyecto “Bita, río protegido” se reunió con diferentes actores de la comunidad para conservarlo
Para llegar a La Primavera desde Bogotá es necesario recorrer 564 kilómetros hacia al oriente. Los primeros 115 se hacen por carretera hasta Villavicencio y allí se debe tomar un avión de dos motores y diez sillas, que vuela apenas tocando las nubes para llegar, una hora más tarde, a su destino. Iniciamos el viaje desde Bogotá a las 2 de la mañana, llegamos a Villavicencio a las 5:30; el vuelo debía salir a las 6 del aeropuerto Vanguardia, pero terminó saliendo a las 9 y a las 10 ya estábamos en La Primavera, en el centro del departamento de Vichada.
Ese miércoles la sabana nos recibió con un calor abrasador. Afuera del aeropuerto veíamos la estación de bomberos y el camino hecho de polvo rojo que nos llevaría al centro del municipio. Según su página oficial, La Primavera cuenta con una extensión de 21.420 km², un poco más grande que El Salvador (el país), en los que viven 14.344 habitantes, la mayoría ubicados en la zona rural, en la que se dedican a la agricultura, la ganadería y a la pesca.
Y allí, donde La Primavera es sinónimo de sol y de verde, de llanura que se confunde con polvo, es donde conocimos a doña Rubiela Vargas, una mujer pescadora que vive del agua que baña el municipio, de los ríos que, como dice su himno, son “sus senderos del agua / El río Meta, el Tomo, el Gavilán / Y el Bita que lleva allá en sus entrañas / El alegre canto del alcaraván”.
Ser mujer y pescar
Muy poco sabemos de mujeres pescadoras. Es más, al pensar en pesca, siempre vienen a nuestra mente una canoa y un hombre en su proa lanzando una malla o sosteniendo paciente una caña, en espera de la pesca del día. Pero nunca pensamos que esa pueda ser la labor de una mujer, no se nos ocurre imaginar que tal vez ellas tengan la fuerza y el arrojo para pescar, para levantarse todas las mañanas en la madrugada, organizar los anzuelos, las carnadas y el guaral, además de preparar el desayuno para la familia, luego ponerse las botas de caucho y salir a pescar.
Doña Rubiela nació en Girardot, pero lleva más de cuarenta años viviendo en Vichada. Junto con sus padres llegó a esta tierra (de hombres sin tierra, como dice el escudo del Departamento) en busca de trabajo, de casa, de una forma de sobrevivir; y fue su padre quien le enseñó a pescar, él encontró en el río la fuente de ingreso para mantener a la familia; vendía payaras, palometas, cachamas… cada kilo representaba los pesos necesarios para mantener a la familia. Así, doña Rubiela aprendió un oficio, aprendió a salir en la madrugada, a conocer el nado de los peces cuando se acercan a la canoa, aprendió a sacarlos y venderlos y, con ello, a mantener a su familia, como lo había hecho su padre.
Hoy, doña Rubiela tiene más de 60 años, no quiso decirnos su edad, pero sus modos, rasgos y maneras la delatan; es la cabeza de un hogar conformado por su esposo, dos hijas y tres nietos: Duván, David y el pequeño Daniel. El día que la conocimos regresaba de su jornada de pesca, había sido un mal día, como tantos otros en las últimas semanas. “El pescado ha estado muy escaso, últimamente no se saca mucho o nada, como hoy”, fue lo primero que nos dijo. Su cara de desaliento refleja una realidad que ha dejado de ser una impresión para convertirse en una problemática que afecta la economía de la región.
La pesca de consumo, actividad que muchas personas ejercen cerca de los ríos Bita o Meta, es una de las formas de sustento más importantes para una franja de la población que cuenta con muy pocos medios para generar ingresos. Y el hecho de que se tenga un mal día de pesca no solo implica la pérdida de una mañana de trabajo o de unas cuantas carnadas, implica un día en que el alimento, el sustento y la posibilidad de sobrevivir quedan comprometidos.
Para doña Rubiela y otros pescadores de la región con los que tuvimos la oportunidad de conversar, el problema radica en que “a los pescadores no se nos tiene en cuenta en el momento de imponer vedas ni tampoco nos escuchan sobre los cambios que vemos en los ríos, los peces son cada vez más pequeños y escasos y eso tiene que ver con todos lo cambios que está sufriendo el río”. A eso debe sumarse que “son muy pocas las políticas que nos benefician, estamos solos, y si no podemos pescar, dígame… ¿cómo vamos a hacer para comer?”.
Y es que esta historia no es solo la de Doña Rubiela y su familia, también es la de Betsabé, su vecina, y la de don Álvaro y los pescadores que viven en Punta de Laja, en Puerto Carreño. Todos ellos se han visto afectados por los cambios que poco a poco empiezan a notarse en ríos como el Bita y que los han llevado a preguntarse qué harán cuándo el pescado deje de nadar en sus aguas.
Sin embargo, el panorama no es del todo desalentador, pues es en la queja de los pescadores donde está la solución para hacer de su labor un trabajo sostenible y una actividad que permita que el río Bita siga siendo el hogar de payaras, de pavones y de otras tantas especies que viven en su cuenca. En los últimos meses el proyecto “Bita, río protegido” ha llevado a cabo reuniones y talleres con pescadores de consumo, pero también ornamentales, así como operadores turísticos que viven de la pesca deportiva, para construir con ellos acuerdos que permitan hacer del Bita un río protegido por todos.
Una iniciativa que se ha logrado desarrollar gracias a la financiación de la Gobernación de Vichada y la participación de varios actores como lo son la Armada Nacional de Colombia y la Fuerza Naval de Oriente, la Fundación Omacha, WWF, Corporinoquia, Parques Nacionales de Colombia, Fundación Orinoquia, la Corporación Ambiental La Pedregosa, la Fundación Palmarito y el Instituto von Humboldt.
Labor de largo aliento que implica recoger las impresiones de todas las personas que se benefician del río a nivel productivo, recreativo y cultural, y con ellos identificar problemáticas que los afectan, pero también las soluciones que permitirán conservar el río, al mismo tiempo que se sigue utilizándolo. En estos acuerdos es donde está la clave de la protección, pero también se encuentra en la información que se pueda tenerse del estado actual del río, información que debe tener incidencia en las decisiones que se tomen sobre el uso que se le da. Esa es la apuesta del proyecto, llegar a acuerdos de uso sostenible en los que las personas que viven de los recursos que provee el afluente puedan seguirlo haciéndolo, al tiempo que se mantiene la condición del Bita como de uno de los ríos más saludables del país.
“Todos los ríos tienen el mismo idioma que yo tengo”, escribió Pablo Neruda en uno de sus poemas. Sin duda, este verso refleja el sentir de doña Rubiela, que todos los días palpa y vive el río. Gracias a su voz y su conocimiento, nosotros fuimos un poco pescadores ese día, conocimos el río a través de su experiencia, lo probamos gracias al caldo de caribe que ella y su hija Feliciana nos prepararon y nos beneficiamos de él, siendo parte de la familia de doña Rubiela por un día.
*Instituto Humboldt

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