El regreso de los exploradores

Para el científico Julio Carrizosa, de las muchas cosas que se perdieron por la guerra en Colombia hay una especialmente dolorosa: el conflicto les arrebató a los colombianos la posibilidad de maravillarse con su magnífica biodiversidad. Con tanto asesinato y desplazamiento, con tanto miedo a caminar de un lado a otro, con la necesidad de sobrevivir, la sociedad colombiana —dice Carrizosa— fue desactivando su capacidad de sorprenderse. “Hubo un momento en que la vida se redujo a la violencia. Todas las demás cosas desaparecieron. No había tiempo para pensar en qué era vivir en un lugar megadiverso. Negamos ésta y muchas otras realidades” concluye en su libro Colombia compleja. Muchos científicos se vieron obligados a investigar desde sus laboratorios, pues a la selva se entraba, pero no se sabía si se salía. Territorios como Guainía o Vichada casi desaparecieron del imaginario colectivo, Inírida o Puerto Carreño no eran mencionados en la radio, como tampoco en los artículos académicos ni en la televisión. Ahora que se viven tiempos más tranquilos un grupo de expedicionarios ha viajado a Puerto Carreño para anunciar una “recolonización científica” del Vichada. Partiendo de una propuesta sin precedentes, el Instituto Alexander von Humboldt, la Gobernación departamental, Corpoorinoquia, Parques Nacionales y las organizaciones ambientales Palmarito, Omacha, Orinoquia y WWF firmaron una alianza para crear el laboratorio de estudios de biodiversidad más importante de Colombia, enfocado en la exploración científica y la protección del río Bita. El Bita es un monstruo caudaloso de 450 kilómetros de longitud, que no nace en una montaña, como la mayoría de los ríos del país, sino que brota de la altillanura, en el municipio vichadense de la Primavera, a la altura de Caño Negro y Punta Lajas. Hasta su desembocadura, esta línea de agua está rodeada de ecosistemas vírgenes en los que habitan jaguares, guacamayas, decenas de especies de peces ornamentales, perros de agua, manglares, venados, tortugas, reptiles y toninas (delfines rosados), sólo por nombrar algo de la verdadera riqueza natural que esa selva arropa. Desde arriba parece una serpiente traslúcida adornada con miles de hectáreas de lagunas, verdosos morichales, bosques de galería y sabanas inundables que evidentemente aún no han sufrido graves alteraciones ligadas a los humanos. A pesar de su cercanía con Puerto Carreño, en esta tierra vive tan poca gente que la cuenca del Bita se mantiene sana. Vichada es el segundo departamento más grande del país, pero también el segundo más deshabitado. Aunque su población (distribuida en cuatro municipios gigantes) no supera los 70.000 habitantes, su territorio es tan grande como multiplicar por cuatro el área que ocupa Cundinamarca, departamento en el que viven 9’550.000 personas. Hay una fuerte expectativa, incluso temor, por lo que pueda ocurrirle a esta zona del país con la expansión agrícola que se avecina sobre toda la Orinoquia, ligada al desarrollo agroindustrial y minero energético río arriba que el Gobierno y los empresarios han proyectado durante la última década. “En los últimos siete años ha sido evidente la trasformación de algunos ecosistemas de la Orinoquia donde se han proyectado modelos de desarrollo agroindustriales desordenados, mal planeados, que podrían poner en riesgo la biodiversidad de esta zona del país. La figura de río protegido pretende reunir suficiente información científica que permita tomar decisiones de desarrollo más acertadas”, dice Brigitte Baptiste, directora del Instituto Humboldt, mientras camina sobre una de las rocas más antiguas de la tierra. En el horizonte se ven el Bita, el bosque y el manglar. La riqueza natural de este río también es geológica. Sus aguas arropan parte del escudo guayanés colombiano, atractiva y antigua formación rocosa que se creó justo cuando se formó la tierra (Precámbrico) y que se extiende por Venezuela, Brasil, Guyana, Surinam y Colombia. Rocas grandes, porosas y oscuras que para los indígenas sikuani, piaroas y amoruas poseen significados sagrados y que brotan del agua o la tierra componiendo paisajes únicos que todos los años atraen por lo menos a 700 turistas internacionales que llegan a practicar la pesca deportiva. El Bita no es sólo la casa de cerca del 80% de las especies de peces ornamentales que Colombia le entrega al mercado mundial; en sus aguas también crecen atractivos pavones de hasta 15 libras que se atrapan desde noviembre a marzo. “Llevo 28 años pescando y sirviéndoles de guía a quienes vienen de afuera buscando pavones, bagres y payaras. Sabemos que la sobreexplotación del recurso puede poner en riesgo las poblaciones de peces y por eso vamos a promover que los peces sean capturados, pero que se regresen al río”, dice Álvaro Novoa, de 55 años, miembro de una de las familias de pescadores con más tradición en Puerto Carreño. “Estamos felices con la noticia de que protegerán el Bita”. La Alianza por el Río Bita nace con un aporte inicial de $2.500 millones entregados por la Gobernación de Vichada y Corpoorinoquia, y buscará en principio atraer a los mejores investigadores del país para que levanten información a fondo sobre la riqueza natural del territorio. Aunque se sabe que en estos bosques habitan por lo menos 350 especies de aves de las 600 identificadas en toda la Orinoquia, el propósito de los científicos será entregar información más detallada sobre estas y otras especies de fauna y flora para caracterizar los servicios ecosistémicos que le proveen al país y, a partir de allí, decidir de qué manera puede convivir el desarrollo con el cuidado de la biodiversidad. “En Colombia nos convencimos de que los ríos deben estar al servicio de los humanos. Los utilizamos de cloacas, medio de transporte, basurero e incluso como cementerio. Pero el río es un ser vivo que además revela la salud de los ecosistemas que lo acompañan. Un río sano habla de un territorio sano”, dice Germán Andrade, director científico del Instituto Humboldt. Andrade fue quien concibió que en este afluente del Orinoco (considerado el tercer río más importante del mundo) podría implementarse un modelo de conservación sui géneris que nombró río protegido. En ese esquema, las actividades productivas no se prohibirán, como sí ocurre en los Parques Nacionales Naturales, sino que se esperará llegar a un consenso con los dueños de los lotes que bordean el cauce del río para desarrollar en conjunto proyectos agroindustriales de manera controlada. “Comenzaremos por proponerle al Instituto Geográfico Agustín Codazzi que en los mapas de Colombia se escriba Bita con ve: queremos que éste sea reconocido como el río de la vida”.

El Espectador

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