Aventura Natural

Este viaje comienza en el aeropuerto Guaymaral, en el norte de Bogotá, en un Grand Caravan, un avión con capacidad para nueve pasajeros. El rumbo es Vichada, ese punto en el mapa de Colombia, en límites fronterizos con Venezuela. Un destino que nos invita con la promesa de brindarnos la mejor experiencia natural.
Sobrevolamos los departamentos de Cundinamarca, Casanare y Vichada. El paisaje se transforma, se pinta de verde profundo delineado por los ríos Meta, Vichada y, uno de los más caudalosos del mundo: el Orinoco. Más parece la maqueta que los estudiantes elaboran en plastilina en su clase de geografía.
Al aterrizar en Puerto Carreño, capital del departamento, nos invade una sensación de tranquilidad que nos acompañará el resto del viaje, serán tres días de desconexión en la selva oriental de Colombia. Carreño, como le dicen sus habitantes, es una ciudad calmada, de 100.000 habitantes. El paso por allí es efímero. La próxima parada: la isla de Santa Helena; está a 30 minutos en lancha desde la ciudad. Así que es hora de navegar hacia el sur por el río Orinoco.
En el camino se asoman los delfines rosados de agua dulce, conocidos como toninas. Estamos rodeados por cúspides altísimas y tepuyes, que son las elevaciones rocosas más antiguas del mundo. La más alta está en Venezuela, se llama Autana, mide unos 1.250 metros y se alcanza a ver desde el Parque Natural Nacional El Tuparro, destino que visitaremos. Adentrados en la selva, en el sendero Atalea –nombre científico de la palma que predomina allí– se respira aire puro. El placer se hace breve, pues tomamos de nuevo la lancha, de regreso a Carreño, justo para cenar y dormir.
Rumbo al Tuparro
El sol se asoma a las 5:30 de la mañana. No hay tiempo que perder. Es momento de partir hacia el Parque Nacional El Tuparro. Un viaje de veinte minutos desde Carreño; el recorrido, por carretera, es de cinco horas. Su extensión es de 546.000 hectáreas. Por allí cruzan los ríos Tomo, Tuparro, Tuparrito y Caño Maypures. Es un santuario de aves, orquídeas, monos, serpientes y toninas. El nombre de este parque se lo dan los tuparros, cerros rocosos con una altura máxima de 900 metros.
Aterrizamos en medio de la selva, prácticamente en la mitad de la nada. Caminamos hasta la torre central de comando, una cabaña inmersa en el extenso verde, a unos 600 metros. Allí nos encontramos con los guías que acompañarán la travesía.
Media hora de recorrido en lancha y llegamos a las cabañas donde dormiremos. Almorzamos y vamos al río Tomo, y la propuesta es arriesgarse al ‘esquí criollo’: troncos de madera cortados a la mitad que simulan una tabla de surf, sujetos a la lancha. Las luces se apagan a las 9 p. m., en punto. Es hora de ver las estrellas, pero un aguacero no lo permite.
El plan del último día es el Raudal de Maypures, uno de los principales atractivos del parque. Y allí está el Balancín, una piedra monumental, sostenida de otra, de manera vertical, de un extremo ínfimo; sorprende que la corriente del río no lo haya tumbado en miles de años.
De esa piedra, el sabio alemán Alexander von Humboldt, quien pasó por allí, dijo que era la ‘octava maravilla del mundo’.
Si usted va
-Las agencias Vichada Exótica y Explora Colombia organizan su viaje con paquetes todo incluido.
-Informes: vichadaexotica.weebly.com y xploracolombia.com/es
-La aerolínea Satena vuela entre Bogotá y Puerto Carreño los martes, miércoles, viernes y sábado.

Vía El Tiempo
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