La tierra prometida

Realmente quiero escuchar música. Ahora no me interesa escribir, pero la planta que abastece de energía al pueblo se ha dañado y en este momento de oscuridad no encuentro algo más productivo que contar la vida de una vereda enclavada en el interior del departamento del Vichada, donde aún los indígenas son dueños de su tierra y conservan su lengua milenaria: bienvenidos a Tres Matas.
La primera vez que escuché ese particular nombre, a mi mente se vinieron amargos recuerdos que por medio de la televisión viví, como las masacres de paramilitares o las tomas guerrilleras. Por más que me hablaban bellezas de este pueblito, de mi mente no salía ese obstinado y perverso imaginario de pobreza, conflictos sociales y muchas trochas. Por fortuna, solamente le atiné en un cien por ciento al mal estado de la vía.
Para llegar hasta acá se requiere una camioneta cuatro por cuatro, ser un experto con la cabrilla y mucho ‘ojo’ para observar los bellos paisajes al lado de la carretera. El camino que conduce a TM, como cariñosamente le digo a Tres Matas, es bastante oscuro. La única luz que se aprecia es la de los camperos, chivas y camiones que pasan por ahí. Y aunque en mis clases de geografía me decían que la luna alumbraba y era el astro de la noche, yo lo comprendí bien solo hasta que vi el resplandor blanco que se extendía como una neblina sobre los árboles. Me di cuenta que a pesar de lo oscuro era posible ver qué había en frente de nosotros.
Mientras observaba, divagaba, y le hablaba a Dios por tanto asombro, nunca pensé en que nos fuéramos a perder. Mis compañeros de viaje, que era mi suegro y un trabajador de una empresa contratista “sabaneaban” de un lado para otro por esa trocha. Se abrían, se cerraban, pero nunca perdían la dirección. Había tramos en los que se encontraban más de 10 “Ye”, que son esos brazos donde se decide por cuál ruta coger, pero siempre aparecíamos en la misma polvorienta carretera.
Una vez se recortaba camino, casi al tiempo, los dos exclamaban: ¡qué sabanazo! Sabanear, en el léxico de los trocheros del Vichada y gran parte de los Llanos Orientales, es buscar rutas alternas a la carretera principal para evitar tanta piedra y huecos en el camino. Eso sí, teniendo en cuenta que se debe pasar por algunas pendientes donde se tienen que poner a prueba, literalmente, las cuatro ruedas de la camioneta.
Algunas personas se pierden en el camino, por eso es normal que salgan muy temprano en la mañana para que a las seis y media de la noche no los coja la oscuridad. Y es que acá la velocidad promedio no supera los 50 kilómetros por hora en algunos tramos. A veces, sobre todo cuando llueve, los carros patinan y se salen de la vía. Esta, por ejemplo, es la ruta que algunos expedicionarios toman por simple hobbie para poner a prueba los motores de las camionetas Toyota y camperos como el tradicional Jeep. Como al lado de la vía no hay abismos sino solo llanos, se pueden dar ese lujo. Aunque a una velocidad lenta, pero lo hacen.
Por eso es extraño ver carros que pasen muy rápido por aquí. Algunas personas se desesperan a esa velocidad, por eso a la primera oportunidad “le meten la chancleta” al acelerador porque creen que han perdido mucho tiempo, sobre todo sí se tomaron una vía alterna y se perdieron. Una perdida le puede costar a un conductor experto unos 15 minutos si se da cuenta inmediatamente; a un bisoño, unos cuarenta y cinco minutos. Por eso, venir a Tres Matas es cuestión de paciencia, todo es muy lento, quizá el mismo ritmo de la vía le va anticipando una vida que transcurre entre contar historias, comer muy bien y buscar aire en las afueras de la casa.
Para aquellos que pasan como locos por la vía cuando encuentran un terraplén recién hecho se les tienen dos hipótesis. La primera es que no son dueños del carro que manejan, pues da lástima ver cómo suenan esas suspensiones y se desbarata todo por dentro. Seguramente son camionetas alquiladas por empresas petroleras cuyos dueños reposan en algún lugar pensando solo en recibir la plata del alquiler, sin saber que una vez se acabe el contrato tendrá que usar un buen porcentaje de esas ganancias para reparar el carrito que tanto le costó. Porque eso sí, no pasan camionetas chinas, no. Sólo se ven Toyota, Nissan, Ford, Chevrolet y Mitsubishi. Y todas último modelo, porque la condición para que trabajen por esas zonas es que sean nuevas, así le garantizan a quienes la usarán que no van a quedar a la deriva.
La otra hipótesis es que “el pariente” se perdió y por eso quiere recuperar tiempo. De todos modos, para ambos casos hay una misma expresión: ¡mucho hp! Por ser trochas hay mucho polvo. Entonces, cualquier camioneta que pase muy rápido deja una nube de polvo, tierra y piedritas que obliga a quien va atrás a detenerse, de lo contrario podría estrellarse.
Lo que sí no es extraño por aquí es ver ese color rojo en las latas de los automotores. Parecen que hubieran hecho una exhibición de velocidad sobre una cancha de tenis con mucha arcilla. Hasta los árboles se ven rojos. Desde el tallo hasta la punta, todos son rojos. Por eso cuando una de esas camionetas llega a Villavicencio o Bogotá vestida de rojo, ya se sabe de dónde viene. Mínimo de Puerto Gaitán, que es donde empieza la trocha hacia el Vichada.
Justamente desde Puerto Gaitán, aquel municipio que se hizo popular por construir un obelisco que costó más de $1.800 millones, mientras cientos de sus niños indígenas morían de hambre, así como por llevar artistas como Marc Anthony o Daddy Yankee, cuyas presentaciones superan los USD500.000, se piensa construir una súper carretera que conectará hasta Puerto Carreño. Es un proyecto que el Gobierno Nacional se trae entre manos, pues ve a esta zona del país como la mayor dispensa de alimentos en un futuro próximo.
Y es que andar por esta región es entrar a otra Colombia. Quizá lo que más llama la atención es la inmensidad de las tierras. Hay una gran porción que es reserva indígena pues desde el Meta se empiezan a ver los resguardos que son ocupados por la etnia Sikuani. Observar cómo viven da mucha tristeza. Solo tienen sus malocas (chozas), algunas mascotas y sus niños escuálidos, cuyo alimento principal es mañoco y agua contaminada, que sacan de los morichales. Quizás el ingreso de nuevas inversiones les dé una luz, para que así tengan acceso a agua potable, redes de alcantarillado, alimentación, educación y acceso a energía eléctrica. A veces entiendo al presidente de Ecuador, Rafael Correa, cuando afirma que la pobreza genera destrucción al medio ambiente. Los indígenas aquí tienen que habérselas con los que tienen. Por eso para tener luz hacen hogueras, varias de las cuales se descontrolan y generan vastos incendios. Por eso, cuando vaya en pleno viaje le será normal ver zonas verdes incineradas y percibir el olor de los incendios.
Igualmente, así como hay una cantidad de territorio que es reserva indígena (¡por fortuna!) existen otros que ya tienen dueño. Se les ve ese tradicional encerrado de púas. Si uno le pregunta a alguien, vaya en camioneta o en chiva, lo primero que responden es: seguramente es de un duro que espera venderla a buen precio. Esto es un problema en sí mismo para el Estado, que la tierra se concentre en lugares donde ya se prevé el desarrollo de proyectos agropecuarios. Uno, como visitante, se pregunta qué harán con esta tierra en un futuro próximo teniendo en cuenta los alcances de la corrupción en el país. También se siente temor por lo que puedan hacer empresas con malas prácticas ambientales. Es tan bello observar todo verde alrededor.
Entretanto, mientas pensaba cómo escribir esta crónica, me meso de un lado para otro porque ya llegamos a Puente Arimena, límite del departamento del Meta y comienzo del Vichada, la Tierra Prometida. En esta parte, la tierra tiene piedras incrustadas.
Ya es tarde. Solo se ven las estrellas. Necesitamos combustible, por eso la camioneta se detuvo. Cuando bajo para descansar un poco las piernas, veo que un joven de aproximadamente veintidós años acercándose lentamente. Lucía pálido y cansado. Me dice “¿qué más, amigo?” Yo le dije: “bien”. Sin pensarlo me pregunta “¿ustedes pasan cerca de la base?” Yo le dije que no sabía. Al cabo de unos minutos llegan mis compañeros y él, sin alguna timidez les dice que si lo pueden llevar hasta “arribita”. Nosotros nos miramos haciendo un gesto de incomodidad, pues teníamos la camioneta repleta de provisiones que habíamos adquirido en Villavicencio. Desde el platón hasta los asientos estaban “full”. Después que tanqueamos, lo subimos. Él suspiró.
Era un cabo tercero del ejército que debía presentarse en una base cercana a El Viento. Venía de Cali y le habían robado su equipaje en el bus. Allí guardó todo, hasta su dinero. Al parecer la empresa de transporte le respondió con una parte, pero ese dinero no le era suficiente, así que “debió echar dedo” para llegar hasta allá. Si no hubiéramos pasado, muy seguramente habría tardado más de cinco horas a pie. De ocurrir eso, según me dijo, hubiera sido reportado como desertor. Dejamos al soldado, ya habíamos llegado a la intersección para continuar con nuestro destino. Él, muy agradecido, tomó su maleta y emprendió, en medio de la oscuridad, el camino para llegar a la base. Solo pensé en que ese hombre, así como sus lanzas, son unos valientes. Dejarlo todo solamente para venir a proteger a otras personas que ni siquiera les agradecerán es una acción que merece toda admiración.
Y así continuamos con el viaje, cada vez estábamos más cerca. Era impresionante observar el brillo de la luna en medio de la oscuridad. Nuevamente, ese paisaje generó una introspección en mí. Entablé una conversación Dios. Solo trataba de imaginar cómo pudo crear algo así, tan majestuoso. Eso, en una ciudad, es imposible porque lo artificial abunda. Sin embargo, sentía necesidad por mi celular, el “flechita, un Nokia 1616, pues no tenía señal. Se había perdido casi media hora después de cruzar Puerto Gaitán. Así, llegamos a El Viento, un pueblito a cuarenta y cinco minutos de Tres Matas, nuestro destino. Había unas cantinas abiertas y luz, de la artificial. Es tan pequeñito que solo duramos unos treinta y cinco segundos por su carretera principal.
“Ya casi estamos en Tres Matas, decía el conductor”. No se equivocó, bastaron solo unos treinta minutos para llegar a TM. Ya estaba todo oscuro. Salimos de Villavicencio a las 2:30 pm y llegamos a nuestro destino a las 10:30. Nos demoramos poco, pues en invierno el viaje puede durar hasta 18 horas, aunque eso depende de la experticia del conductor y los “sabanazos” que dé.
Realmente no percibí un cambio entre la vía que recorrimos y Tres Matas. Si El Viento es pequeño, Tres Matas lo es más. Por fin llegué a TM, el pueblo del que tanto me habló mi novia y al cual me resistía ir por las travesías que me contaban. Algunos, por tomar del pelo, dicen que aquí no se llega sino que se accede; ya ustedes sabrán por qué.
Una vez entré a la casa de mi suegra, a quien conocía por primera vez, sentí mucha paz. Todo era tranquilo, no había bullicio y el aire fresco que brota por esas sabanas me reconfortaba cada vez más. Las corrientes de aire son similares a las que se pueden formar en el mirador de la Calera, con la diferencia que el aire no era frío, pero tampoco caliente. Luego de comer un pollo asado, que compramos en Villavo, por pedido expreso de mi novia-allá no se consigue-, dormí. Me acosté, acomodé el toldillo, y hasta las 8 a.m del día siguiente.
En la mañana ya hacía un poco de calor, pero las corrientes de viento eran impresionantes. Me hicieron recordar las montañas de Ruitoque, desde donde monté en parapente. El viento era constante. Y mientras disfrutaba del viento llegó a mí un súper desayuno que hace muchos años no comía. Caldo de carne con papa, arepa con buen queso, huevos revueltos, un pedazo de pollo del día anterior y un vaso grande de chocolate caliente. En ese momento me sentía más recompensado todavía por la travesía del día anterior.
Acá comer bien es algo común, aunque en las comunidades indígenas no. Una libra de carne se puede conseguir por $4.000 e incluso menos. Y es blandita. Como hay una fuerte actividad ganadera el precio se reduce considerablemente. Lo que no es común por acá es la papa y los alimentos de tierra fría. Finalmente terminé, quedé satisfecho. La última vez que había desayunado tan bien fue en Tunja, en un restaurante cercano a la plaza de Bolívar. Ahora quería ver el lugar donde me estaba quedando. Es una casa de madera muy bonita. Tiene 10 habitaciones y funciona como un hotel. De hecho, en ese momento se hospedaban empleados de una empresa de ingeniería civil y otros de Ecopetrol. El ‘patio’ de la casa se salía de lo común. Había al menos 12 árboles frutales sembrados. Ya estaban por dar su primera cosecha. Igualmente, tenía un gallinero, especialmente para hacer sancochos. ¡Qué delicia! En el tiempo que duré hablando con mi suegra, Marina, se habían secado unas sábanas que minutos antes colgó. Esas corrientes de aire hacen de este lugar algo más ameno, pues la temperatura en el día puede superar fácilmente los 35 grados. A esto se suma el hecho que no hay energía eléctrica; esta llega a las 6 p.m y se va a las 10 p.m., solo cuatro horas después.
No obstante esta situación, la gente se acostumbra. Aquí todo se planea, desde el agua hasta la energía. Para tener el preciado líquido se tiene que bombear desde un morichal (pozo) que hay a unos cuantos metros del pueblo. Esta labor se debe hacer al menos cada tres días. Para esto se requiere una motobomba y un poco de colaboración entre vecinos, la cual abunda. Aquí se presta todo. Tener ese aparato que succione el agua y la lleve hasta los tanques de la casa es “una maravilla”, como dicen en el pueblo. Asimismo, poseer en el techo un panel solar resulta un privilegio sostenible que da un poco de entretenimiento, pues permite ver el noticiero y uno que otro programa. ¡Sí! acá llega la televisión. Los pobladores son muy recursivos y realizan cualquier actividad que se requiera en el hogar. Algunos pagan una suscripción a DirecTv, y por eso tiene acceso al servicio de televisión. La instalación va por cuenta de cada uno, aunque con el módem eso se facilita. Así que si usted ve unas laminitas negras en los techos, no crea que es carbón o una teja con hueco, no, son paneles solares.
He recibido aire, algunos zancudos me han picado y subí medio kilo desde que llegué. Ya pasaron cinco días y memoricé casi los joropos que suenan en casas, tiendas y camionetas. También conocí a varios pobladores, que curiosamente vienen de varias partes del país. Hay paisas, bogotanos, boyacenses, entre otros. Ellos algún día vinieron a probar suerte. Se amañaron y ya forman parte de la comunidad. Con todos he tenido conversaciones. Sin embargo, hay algo que me inquieta: los indígenas.
Aquí los indígenas no tienen ese exónimo dado por los españoles en la conquista. Si usted les llega a decir “indios” puede tener serios problemas. Tampoco la expresión “nativos”. Nada de eso. No se sabe quién lo inventó, tal vez ellos mismos, pero acá se reconocen como “parientes”. Así se les dice, parientes. Aunque es cada vez menos común verlos con prendas autóctonas, ellos preservan su lengua. Y sí que le sacan provecho. Como son bilingües, hablan muy bien español y Sikuani, negocian entre ellos con su idioma y a los demás, que reconocen como colonos, los tranzan con español.
Los parientes andan en moto, como todos en el pueblo. Es muy común verlos embriagados, pero no con chicha ni bebidas artesanalmente fermentadas, no. A ellos les gusta la cerveza y el aguardiente. El alcohol y la gasolina aquí también causan muchos problemas. A diario se pueden estrellar hasta tres personas. Como el suelo es arenoso las llantas no tienen buena estabilidad, lo cual genera las caídas. El casco tampoco se usa, eso es un estorbo y da más calor, dicen. Cuando usted escuche o lea en las noticias que la Fuerza Aérea ayudó a unos heridos en el Vichada muy seguramente sean unos parientes que se excedieron con unos tragos y terminaron con la cabeza abierta, como vi a un indígena en su resguardo. Llevaba más de 24 horas esperando ayuda médica. El día anterior se había estrellado borracho. El resultado fue un cráneo al aire libre, rodeado por muchas moscas. Cuando lo vi ya tenía las uñas blancas, había perdido mucha sangre y estaba en su hamaca esperando la ambulancia que venía del municipio de Cumaribo. El estado de la vía y la distancia retardaron la ayuda. Finalmente llegó. Hasta hace unos días supe que los trasladaron a Villavicencio por vía aérea y se salvó. A ese resguardo llegué porque quería conocer cómo eran las tierras y modos de vivir de los Sikuani. No esperé encontrarme esa escena tan dolorosa.
Una vez pasó el alboroto, observé con más calma esas tierras. Realmente yo no les encontré fin. Son tan grandes que no parecen tener un límite. Eso me sorprendió mucho. Pero me sorprendió más fue ver tan pocas, muy pocas, plantaciones para el consumo. Ahí comprendí que hacen falta programas que empoderen a las comunidades. No es socialmente responsable darles motocicletas a los indígenas para que permitan explotar el petróleo o hacer los estudios sísmicos sin ninguna protesta o movilización. Sí sería socialmente responsable crear programas para proveerles alimentos de manera sostenible. Eso se demora más, pero resulta ético, sostenible y amoroso.
Acabo de ver esas tierras y me devuelvo para la casa. Un día más y he aprendido mucho. Sin embargo, ya empieza a despertarse en mí las costumbres de ciudad. Quiero comer pan, tomar gaseosas fría y morder un bizcocho recién salido del horno. Para eso tuve que devolverme hasta El Viento. Allá compré un liberal por $1.500 y una Cola y Pola por $3.000 Eso me pareció muy caro, pues en la ciudad puede costar menos de la mitad. Sin embargo fui consciente y me imaginé la dificultad que pasan los camiones para llegar hasta acá. He aquí la ley del costo-beneficio en su máxima expresión. Me devolví a la casa, en camioneta. Les entregué dos Cola Y Pola a mis suegros, Édgar y Marina. Después me lavé la cara y, cuando me sequé, la toalla quedó naranja por la tierra que la piel adquiere.
Después de varios días ha llegado la hora de partir. Regreso a Bogotá y el camino es largo. Salí de Tres Matas a las cuatro de la madrugada. Esta vez tuve que irme en una chiva. Como no había quien viajara hasta Villavicencio ni tampoco tenía plata para pagar un pasaje en avión (en El Viento hay una pista aérea que se llama las Gaviotas desde donde se realizan viajes con destino a Bogotá) tuve que soportar ese trayecto de vuelta. Para ser sincero no fue nada agradable. Viajar en bus viejo, repleto de polvo y con pimpinas de gasolina detrás de mí no me daba seguridad. Dicen que la verdadera travesía está cuando se viaja en bus, y no en camioneta. Yo la sufrí, y mucho. Jamás pensé que en el Vichada se formaran mini remolinos de arena. Estos ingresaban por la ventana de la chiva y no había forma para detenerlos. Veía que los demás se tapaban la nariz con el cuello de la camiseta. Eso hice por casi cinco horas. Lo único bueno del regreso fue una conversación que tuve con un joven bogotano, quien venía de la Primavera, un pueblo más arriba de Tres Matas, y me contó su vida. También prestó servicio militar y allá estuvo al borde morir. Me cuenta que le gustaban mucho los paisajes que veía mientras patrullaba. Por eso le gusta la fotografía. Ese es su sueño, ser fotógrafo. Sin embargo, con su corta edad, no pasaba de 21 años, me aseguró con un tono triste que “iba a ser hasta lo imposible para que su hijo cumpliera lo que él no pudo ser”: un fotógrafo. Pensé en cómo la pobreza puede destruir las ilusiones a tan corta edad. Ese reservista terminó en medio de la Orinoquía porque le recomendaron un trabajo en una finca. Allá estuvo por casi un año y medio.
Luego de nueve horas de viaje llegué a Villavicencio. Lo primero que hice fue bañarme en el terminal de transportes. El aguaba que escurría de mi cuerpo era naranja, como la arcilla de una cancha de tenis. Mi piel había absorbido esa tierra que andaba por los aires debido a las corrientes de viento. Luego de una hora, tomé una Van Express que me trajo de vuelta a Bogotá, con mis recuerdos, con una crónica a medio escribir, con un deseo enorme de volver a TM y con un imaginario renovado. Supe que Dios le dio a Colombia también su Tierra Prometida. Ahora, hay que conquistarla porque aquí, si se trabaja, fluye leche y miel.

Andrés Emilio Vargas
@andresvach
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