Segunda vuelta

Todos los que conocen a Marta Lucía Ramírez dicen que ella siempre logra lo que se propone. Y si bien el resultado de ayer no le alcanzó para pasar a la segunda vuelta y convertirse, al menos por ahora, en presidenta de Colombia –como ella se lo propuso hace casi 20 años– la votación que obtuvo es muy buena. Más aún si se tiene en cuenta cómo estaban dispuestas las fichas del ajedrez electoral.
En primer lugar, Ramírez se presentó como una candidata de derecha, que si bien es coherente con lo que ha sido su trayectoria, la puso a pelear votos de la misma canasta no solo con Óscar Iván Zuluaga –que tiene a su lado al expresidente Álvaro Uribe, el peso pesado de la derecha en el país–, sino también con el propio Juan Manuel Santos y con Enrique Peñalosa. Es pues muy meritorio que haya logrado casi 2 millones de votos cuando cuatro de los cinco candidatos estaban rasguñando votos en el mismo segmento del espectro ideológico.
En segundo lugar, su condición de mujer que podría ser una carta ganadora, también se vio neutralizada con la presencia de otra mujer, Clara López, del Polo Democrático, en la baraja de cinco candidatos.
Y en tercer lugar, el resultado también es admirable si se tiene en cuenta que Marta Lucía en la práctica no tuvo un partido que la respaldara. Como se recordará, llegó a ser la candidata conservadora luego de que las bases de su partido decidieron rebelarse a los congresistas para darle a Ramírez la candidatura. Pero eso fue solo en teoría, porque en la práctica la maquinaria, 18 de los 22 senadores conservadores, le dieron la espalda y apoyaron al candidato Santos. En otras palabras, ella se echó al hombro el lastre de lo que significa ser la candidata de un partido tradicional como el conservador pero sin los votos.
A pesar de todo, en las últimas dos semanas se comenzó a sentir en las calles cierto entusiasmo ‘martaluciista’. Algunos creían que le iba a ir tan bien como le fue a Noemí Sanín en 1998 y otros incluso pensaron que se iba a colar en la segunda vuelta.
Al final votaron por Marta Lucía casi 2 millones de colombianos y se ubicó en el tercer lugar, con 15,55 por ciento de la votación. Es decir, no fue tan apoteósica como la victoria de Noemí 1998 (en la que fue tercera con 2,8 millones de votos, para el 26,88 por ciento del total), pero estuvo muy por encima de la Noemí 2002 (cuarta, con 641.000 sufragios y 5,8 por ciento de la votación) o la Noemí 2010 (quinta, con 893.000 votos y 6,13 por ciento del total). La comparación es importante porque Marta Lucía Ramírez, con su resultado, se convierte en la segunda mejor votación en la historia de Colombia para una mujer. 
¿Cuál fue la clave de su resultado? 
Hasta marzo, Ramírez no pasaba del 4 por ciento de intención de voto. Sin embargo, en la última medición, el 18 de mayo, apareció con un 9,7 por ciento y con tendencia a seguir creciendo.
Dos factores contribuyeron a su despegue. El primero fue la guerra sucia entre los dos candidatos punteros –Santos y Zuluaga– que fatigó a un gran sector de votantes de opinión que se fueron a buscar otras alternativas. Y el segundo, que esos votantes hastiados se encontraron con una cuña de televisión muy bien lograda de Marta Lucía Ramírez. La cuña es sobre su historia de superación personal, en la que explotaron muy bien su carácter: el de una mujer aguerrida, sin privilegios y a la que no le ha temblado la mano para superar los enormes obstáculos que se le han cruzado para conseguir lo que quiere. En la cuña se dice que Marta Lucía superó problemas económicos para educarse, consiguió empleo sin palancas, rompió el tabú de que una mujer no podía ser ministra de Defensa e incluso pudo ser mamá en contra de los veredictos de los médicos. Su mensaje, como lo dijo esta revista, evocó el exitoso eslogan del ‘¡Sí se puede!’ de Belisario Betancur en 1982.
Este resultado no es una derrota, por el contrario, pone a Marta Lucía Ramírez en la fila india para comenzar en cualquier momento una nueva aventura electoral.
Zuluaga y Santos inician una carrera de vértigo a la presidencia
Óscar Iván Zuluaga y Juan Manuel Santos disputarán la Presidencia de Colombia el próximo 15 de junio en una carrera de vértigo y simultáneamente de cuidadosos movimientos para poder captar el favor del electorado. Los dos hombres, con visiones de país muy distintas, tendrán sobre sus hombros el peso de la negociación de paz con las FARC en La Habana.
El proceso de paz, sin duda, influirá notoriamente en el resultado final de la campaña electoral. Santos defiende con vehemencia los avances de este y recalca que de cinco puntos de la agenda ya hay firmados tres por lo que, para él, la salida pacífica ha avanzado en un 60%. “Lo que ha quedado claro hoy es que en tres semanas los colombianos tendrán dos opciones: podrán escoger entre quienes queremos el fin de la guerra y los que prefieren una guerra sin fin, y vamos a ganar con la paz”, dijo en la tarde de este domingo Santos.
El candidato-presidente en su discurso hizo un reconocimiento a Zuluaga “por su buen resultado”, y le invitó a mantener una campaña “con altura” y centrada “en las propuestas”. En cambio, Zuluaga les envió cálidos mensajes a los otros tres aspirantes derrotados -Marta Lucía Ramírez, Clara López y Enrique Peñalosa-, pero a Santos ni lo nombró. Y sentenció: “No podemos dejar que las FARC pretendan comandar el país desde La Habana. El presidente de la República no puede, ni debe, ser manipulado por las FARC, el principal cartel de narcotraficantes del país”.
Así las cosas, La Habana se erige como la frontera para dibujar la concepción ideológica de los dos aspirantes. 
La hora de las alianzas
Santos dice que los colombianos elegirán entre “el fin de la guerra y la guerra sin fin”. Él, que quedó en segundo lugar por detrás de Zuluaga, con el 25,66 % y el 29,26 %, respectivamente, se mostró vehemente con este tema: “Hoy somos mayoría los que queremos la paz”.
Por eso, solicitó el apoyo de los candidatos que se quedaron fuera de la contienda en la segunda vuelta: “A Ramírez, López, Peñalosa y a sus seguidores los convoco a que se unan por esta cruzada por la paz”, reclamó, para prometer que incluirá en su campaña las propuestas de los tres candidatos en lo que se refiere a lucha contra la corrupción, combate a la pobreza y medio ambiente. 
El presidente subrayó que “hoy empieza la campaña de la esperanza” para “ganar la paz” el 15 de junio. 
“Vamos a escoger entre el pasado y el futuro, entre los que quieren guerra con los vecinos y los que preferimos las buenas relaciones, entre los que niegan a las víctimas y los que hemos querido reconocerlas y repararlas”, subrayó el presidente. 
Zuluaga dijo que su concepción de la paz es diferente. “Voy a trabajar todos los días para que Colombia logre la paz, pero una paz que beneficie solamente al pueblo colombiano”, manifestó en un discurso que pronunció ante cientos de felices seguidores en un centro de convenciones de Bogotá. 
El candidato del partido Centro Democrático dijo que la paz que aspira a construir debe ser “una paz seria, responsable y duradera, una paz justa con resultados concretos” de manera que se pueda “construir una Colombia más próspera, segura y justa”. 
No a la impunidad
Zuluaga, que ha sido muy crítico de las negociaciones de paz del gobierno de Santos con las FARC en La Habana, insistió en que él no permitirá impunidad con los crímenes atroces cometidos por la guerrilla porque eso sería un mal ejemplo. 
“El presidente debe ser ejemplo para los ciudadanos. Si el primer mandatario permite impunidad para quienes cometieron crímenes atroces, estará transmitiendo el mensaje de que es lo mismo ser honesto que delinquir”, dijo entre sonoros aplausos. 
Para Zuluaga, una situación de esas sería un mensaje negativo para la sociedad y en especial para los jóvenes, pues “al final no hay castigo para los que actuaron mal, ni justicia para las víctimas”. 
Zuluaga también aprovechó este discurso para invitar a la candidata conservadora, Marta Lucía Ramírez, a sumarse a su campaña para la segunda vuelta que se disputará el 15 de junio. “La invito para que unamos esfuerzos en beneficio de Colombia y construyamos el cambio que nuestro país anhela y necesita”, dijo en su mensaje al destacar de ella su “liderazgo, talante y vocación patriótica”.
La mayor ovación de la noche fue cuando mencionó al expresidente Álvaro Uribe, su padrino político, de quien prometió “recuperar sus banderas” para devolverle la esperanza al país.
En una referencia a la guerra sucia que caracterizó la campaña de esta primera vuelta, incluido el escándalo en que se ha visto involucrado por sus vínculos con el pirata informático Andrés Sepúlveda, detenido y acusado de intentar sabotear el proceso de paz, indicó que no les dará mayor atención.
“Las piedras que me arrojen las voy a recoger para construir una Colombia distinta, sin distinciones de partido, gobernando con la camiseta de nuestra patria”, aseveró.
Ambos candidatos abandonaron sus respectivos cuarteles políticos en medio de los vítores de sus seguidores con la promesa de irse a trabajar con ahínco para iniciar este lunes su marcha hacia la búsqueda de la victoria definitiva.
La alternativa fue Clara
En medio de la polarización, la izquierda no logró convertirse en tercería, pero Clara López dejó en alto un proyecto diferenciado de la política tradicional.
Clara López y el Polo Democrático se acercaron a la histórica votación de las elecciones presidenciales de 2006 cuando el respetado profesor y constitucionalista Carlos Gaviria dobló a Horacio Serpa y, aunque perdió con Álvaro Uribe, consiguió más de 2 millones de votos, casi 25 por ciento de la votación, la cifra más alta y contundente que ha logrado la izquierda colombiana en toda su historia.
Pocos le auguraban un buen desempeño electoral a la candidata amarilla y en las encuestas no pasaba del 10 por ciento. Pero, pese a la polarización que se impuso en la recta final de la campaña, Clara López no solo casi se queda con el tercer puesto (no lo logró por menos de 40.000 votos de diferencia con Marta Lucía Ramírez) sino que, con casi 2 millones de votos, logró la hazaña de pisarle los talones a la votación histórica de Gaviria. “Esperamos un fenómeno similar al de Carlos Gaviria”, le dijo a fines de abril a La Silla Vacía el representante del Polo Wilson Arias. La verdad es que así fue.
Por lo visto, en medio del enfrentamiento enconado y entre el presidente-candidato y su opositor uribista, el intento de López y Avella de centrarse en temas de fondo, como el debate sobre el modelo económico, la educación y la salud, entre otros, lograron cautivar una importante franja de indecisos. 
No pesaron ni el ‘factor Moreno’ (la debacle que representó para la izquierda la administración de Samuel Moreno y su hermano en Bogotá), ni la salida de Gustavo Petro y sus seguidores del Polo. Algunos, incluso dentro del mismo partido, creyeron que, con la inclusión de Aída Avella como fórmula vicepresidencial, López se cerraba espacio entre el electorado que no fuera de izquierda y estuviera indeciso, pero, no fue así.
“Hemos consolidado un proyecto de izquierda democrática, moderada, con ganas de llegar al poder, justo en medio de un ambiente catastrófico en el que muchos nos daban por muertos”, le dijo Clara López a SEMANA. Aunque no hay aún evidencia de ello, es posible también que su candidatura haya logrado sacar provecho del descontento y las movilizaciones agrarias, algo que ningún otro candidato consiguió. 
Aída Avella cree que la gente logró identificar en ellas dos una forma diferente de hacer política, sin grandes cantidades de dinero, sin mermelada y con propuestas reales de cambio. “En un país en el que no hay debates, en el que los temas sociales no les interesan a los medios de comunicación, nosotros logramos despertar a una parte importante de los colombianos para que apoyaran nuestras ideas de cambio”.
Un elemento clave es que ambas se convirtieron en una alternativa a la tradición machista que ha imperado en la política en Colombia.
Algunos pueden preguntarse por qué la izquierda no logró convertirse en la tercería y pasar a segunda vuelta, en una coyuntura en la que las estrellas parecían alineadas a su favor. No solo por la persistente desigualdad y los elevados niveles de pobreza, sino por una coyuntura de desprestigio de la clase política y de protestas que han puesto al orden del día las consignas tradicionales de la izquierda. Colombia es uno de los pocos países de la región donde estas situaciones no han inclinado la balanza hacia ese lado del espectro.
Pero es evidente que los integrantes del Polo Democrático Alternativo y sus dos candidatas se pueden dar por bien servidos con este resultado que consolida su proyecto como el más importante de la izquierda en el país. Y ese 15,2 por ciento será crucial a la hora de las alianzas y las negociaciones programáticas que son las que van a decidir la segunda vuelta. No se descarta que por su compromiso por la paz Clara López apoye a Santos y logre a cambio concesiones importantes. Por más que en la izquierda no quieran mucho a Juan Manuel Santos, es claro que lo prefieren de lejos al binomio Zuluaga-Uribe y que Clara y sus seguidores se inclinarán por apoyar la negociación en La Habana.
El hundimiento de Enrique Peñalosa
Y Peñalosa perdió otra elección. El clásico candidato de los independientes colombianos fue el gran derrotado de los comicios de este domingo, donde quedó en la última posición, al superar sólo el voto en blanco.
Se trata del enésimo fracaso de quien a principios de la década pasada fue considerado un alcalde que revolucionó la capital colombiana, con propuestas que se replicaron en muchas otras ciudades del mundo y que pusieron a hablar del ‘milagro bogotano’. Tras su espectacular victoria por más de dos millones de votos en la consulta Verde, la falta de proyección nacional y una campaña marcada por imágenes evocadoras pero de poca recordación parecen enterrar de nuevo a quien hasta hace pocas semanas se llamaba el ‘Ave Fénix’ de la política colombiana.
Después de su período al frente de la capital, este economista bogotano nacido hace casi 60 años en Washington no ha hecho más que encajar derrotas, de las cuales ha tratado en vano de aprender las lecciones. Pero lo cierto ha sido que tras su salida de la Alcaldía, a Peñalosa le ha tocado el cristo de espaldas en términos electorales.
En el 2006, tras un descanso de la política, se lanzó al Senado, pero no le alcanzó para superar el umbral. Un año más tarde, se volvió a lanzar a la Alcaldía de la capital, donde fue derrotado por el polista Samuel Moreno, quien logró la mayor votación que un candidato haya alcanzado en la capital colombiana. Pero fue también el artífice del carrusel de la contratación, que le dio carpetazo al ‘milagro bogotano’.
La moraleja que muchos parecieron sacar en ese momento es que entre una opción buena y otras pésima, los electores habían elegido la peor. Pese a su derrota, Peñalosa parecía salir fortalecido de la experiencia: el error había sido de los bogotanos, no de él.
A finales de los años 2010, se alió con Mockus y Garzón para formar una audaz coalición que la gente conoció como el partido de los exalcaldes –o coloquialmente como los 'trillizos’–, una opción que se concretó con la ‘refundación’ del Partido Verde. A los ojos de los optimistas, este reunía las fortalezas de los tres exmandatarios y neutralizaba sus diferencias (y sus egos) en un proyecto común. Justamente, como una bicicleta con tres puestos.
En ese contexto de trabajo en equipo, fue precandidato presidencial por el Partido Verde en el 2010, pero perdió la consulta interna frente a Antanas Mockus, que se convirtió en el fenómeno electoral de la Ola Verde, con la cual este hijo de inmigrantes lituanos puso a temblar la hegemonía uribista.
Aunque los verdes perdieron en segunda ronda, el proyecto liderado por los tres exburgomaestres se había convertido en la segunda fuerza electoral a escala nacional. Peñalosa parecía montado en el bus de la esperanza, que además tenía gran acogida entre los jóvenes.
Pero la ‘revolución por Facebook’ se diluyó tras las elecciones. Entonces Mockus desapareció del mapa político y comenzaron los coqueteos de Peñalosa con el uribismo. En el 2011, se lanzó por tercera vez a la Alcaldía de Bogotá, esta vez con el respaldo explícito del expresidente Uribe, de lejos el político más popular del país en las últimas décadas. Pero tanto las propagandas con bibicletas como bailar ‘Aserejé’ con el exmandatario no pudieron impedir que Gustavo Petro ocupara el segundo cargo público más importante del país.
Hoy, su futuro político parece nuevamente signado, pues tras estar en segunda ronda a principios de marzo, su candidatura parece ser hoy el síntoma supremo de que sin maquinarias y sin partidos en Colombia no se puede.
A diferencia de su derrota en las pasadas elecciones, donde leyó a las carreras un comunicado aceptando la victoria de Petro, Peñalosa aceptó hoy su derrota con gallardía y una sonrisa ambigua, sin dar el nombre del candidato que apoyará en segunda ronda. Tal vez sea la fuerza de la costumbre, tal vez la de un político que no se da por vencido.

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