Oportunidad fallida?

Allí, entre el polvo naranja de una carretera destapada, el verde de una región de alta pluviosidad, la ausencia de electricidad y la amabilidad de su gente está lo que muchos han identificado como parte de nuestra potencial despensa del mundo. Se trata de Vichada, y podría decirse lo mismo de buena parte del resto de la Orinoquia. Allí mismo existe un colegio de 12 hectáreas en el que desafortunadamente son escasos los maestros, no hay tecnología y la infraestructura demuestra el deterioro de varias décadas de falta de intervención.
El Viento (Vichada) es una población que en términos reales está a más de 6 horas de distancia, en un carro que sea capaz de aguantar vías destruidas. Para completar el escenario, en El Viento hace años no opera el puesto público de salud, lo que genera que cualquier complicación necesite un largo traslado. Esto es enfrentarse a morir en el intento. Eso sí, hay una lujosa valla de cómo el Gobierno viene cumpliendo con pequeños “reparcheos” de vías (que duran un invierno), sin que en nada mejore la movilidad.
Esta posiblemente sea la descripción de muchas otras regiones apartadas de Colombia. Lo sorprendente es que en este departamento, empresas y grupos empresariales de enorme importancia nacional e internacional vienen desarrollando megaempresas de agroindustria, generadoras de empleo, de desarrollo y de fuentes de ingresos fiscales para la zona, que podrían permitir un potencial crecimiento. Sorprende positivamente ver miles de hectáreas sembradas de caucho, palma, maderas, maíz, soya, pastos para lograr ganadería más productiva y otros buenos ejemplos de desarrollos productivos que apenas comienzan a dar réditos. Los habitantes de El Viento reconocen el impacto positivo que ello ha generado en su región y ven con optimismo lo que de allí se deriva.
Sin embargo, en Colombia tenemos la capacidad para “patear la lonchera” y en segundos somos capaces de hacer de este sueño una pesadilla. Nos enteramos con preocupación, por ejemplo, de la decisión del Grupo Santo Domingo de suspender su proyecto agroindustrial en Vichada por la ausencia de reglas claras en la política de tierras y entrar en un proceso de liquidación. Es francamente inconcebible que nuestros gobiernos no sean capaces de modificar y actualizar la regulación sobre propiedad de tierras baldías adjudicadas, limitando las posibilidades de los grandes inversionistas para hacer rentable una tierra que es por naturaleza casi estéril.
Una hectárea en la región puede costar hasta $4 millones, y para que sea rentable se necesitan por lo menos otros $4 millones en su mejoramiento y por lo menos 10.000 hectáreas para hacerla medianamente rentable. Este propósito no se logra repartiendo “parcelitas”, sino agrupando productores en modelos más efectivos, más asociativos y más pensados como empresa. Sólo con el proyecto en mención Colombia y esta región del país pierden inversiones superiores a US$300 millones. Y, mientras tanto, nada hace ni nuestro Ejecutivo ni nuestro Legislativo.
Lo triste del asunto es que naciones como Nicaragua, Perú, Brasil o similares de la región hace rato solucionaron el problema y dejaron esa mentalidad minúscula para apoyar y promover megaproyectos de agroindustria antes que perseguirlos, como entre otras hacen algunos anquilosados congresistas.
Menos hay para decir respecto al retraso en el desarrollo de infraestructura vial, férrea o portuaria. Inquieta constatar que toda esa producción que vendrá pronto de toda la región del Meta, Casanare y Vichada tenga la capacidad de salir por una carretera inapropiada, aun terminando la doble calzada. Es imposible lograr el desarrollo de esa forma.
Este país se merece legislaciones más modernas que la atrasada manera de concebir las unidades agrícolas familiares. Se merece también formas distintas para, por ejemplo, entregar parte de los terrenos baldíos para motivar concesiones viales que construyan una o varias carreteras y redes férreas a estas regiones del país.
Sigamos pensando en pequeño y con modelos de los años cincuenta, y así será el tamaño del desarrollo que nos mereceremos.

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