Por sus obras los conoceréis

Por "El Indio Venancio"
Corresponsal de TeleOrinoco y Nuevo Correo del Orinoco
Si cultivas una mata de rosas en medio de un campo de ortigas, no esperes cosechar plátano, maíz, arroz, yuca... o cualquier otro alimento; sólo recogerás espinas en medio de la molestia que produce el escozor de la ortiga, porque siempre se recoge lo que se siembra; y la rosa sólo se abrillanta durante el ciclo que le corresponde; luego se marchita, el tallo cae descompuesto y seco, únicamente le quedan esas espinas que lastiman.
Esta paradoja muestra la trayectoria de personajes que llegan al poder y luego, de manera semejante a la rosa, acaban estropeados y demolidos por el desprestigio cuando sin grandeza no saben proyectar la gloria de haber sido, impulsándola hacia nuevos horizontes; razón por la que generalmente se ausentan del medio o peor aún, cuando carecen de vergüenza, obnubilados por la prepotencia del dinero que le escamotearon al erario, continúan encaprichándose en volver, tratando inútilmente de persuadir a un pueblo que ya no come cuento, de que durante su desempeño como funcionarios públicos, actuaron con decoro. 
Frente a esto, desde una perspectiva de esperanza, siempre hemos pretendido que los mandatarios, parlamentarios, diputados y concejales se desempeñen trabajando con profesionalidad, con espíritu de servicio y dedicación, en fundón de obrar en conjunto para lograr aquello que es legalmente correcto y legítimo, primando la dimensión social mediante estímulos al crecimiento personal y económico de las personas, tratando que todas lleguen al pleno desarrollo de sus capacidades; entre otros aspectos, buscando que cada individuo reconozca el poder de su inteligencia y la grandeza de la libertad; donde todos seamos conscientes para contemplamos a nosotros mismos y contemplar a los demás para saber si tenemos dignidad, o al menos una actitud de respeto que la fundamente, para evitar como pueblo, ser relegados a un trato indigno, por falta de respeto y rechazo a esa manipulación que lleva siempre a las comunidades a ser marginadas, excluidas, perseguidas o eliminadas con desprecio, como si estuvieran integradas sólo por seres de un estrato social que está por debajo de las consideraciones humanas; dis¬pensándole, bajo esa cadena criminal que degrada a los seres humanos, un trato si no igual, peor al que le dan a esos grupos que como desechables zanganean en la calles de los centros urbanos.
Sin embargo, hay que reconocer que con esta actitud los dirigentes no están quebrantando la Ley, y menos se están comportando indebidamente, porque en ellos, la idea principal del principio de justicia es la de tratar a la gente de forma apropiada a la que merece, afín con su comportamiento. Un pueblo siempre tiene el dirigente que se merece.
Esto puede entenderse en diversos aspectos que incluyen la justicia substantiva, distributiva, conmutativa y retributiva, particularidades que son las que crean la realidad objetiva en la jurisdicción del ser humano. No se les puede pedir a los dirigentes que elegimos respeto, si nosotros mismos no nos respetamos. No podemos exigirle que acaten leyes naturales enraizadas en la estructura de todas las sociedades civilizadas: rectitud, integridad y honestidad en el desempeño público enmarcadas en el respeto a la dignidad humana, y menos pedirles una disposición de servicio para contribuir al bienestar de la población, si nosotros mismos, al elegirlos quebrantamos la Ley y los principios de aplicación universal que son directrices en la conducta de las personas que con dignidad y pensando en el bien de la comunidad, escogen y eligen a sus dirigentes mirando, como debe ser, la trayectoria de ese individuo para saber si el candidato es una persona de decente.
Así, pues, si elegimos en Vichada a un déspota, para que nos gobierne o dirija los destinos de la comunidad, no esperemos para nosotros una comunicación cortés y digna, porque sólo conseguiremos malos tratos. Si elegimos a quien va tras los recursos públicos para apropiarse de ellos, no esperemos nada para mejorar las condiciones de vida de la población. Si elegimos a un egoísta mezquino o a un narcisista avaro, no aguardemos beneficios para el pueblo, porque todas las oportunidades y beneficios del Estado serán para su familia, sus amigos y los secuaces que ayuden a apropiarse de los recursos públicos. Pero si peor aún, elegimos un badulaque que reúne todas esas vulgaridades y mediocridades no esperemos sino vivir una época basada en la mala fe, el engaño, la bajeza, la inutilidad, la mediocridad, el atraso, la pobreza y la marginalidad, entre otros muchos males más que ese individuo puede generar. Por ello, es necesario que todos los habitantes de Vichada nos empeñemos en mantener nuestra dignidad y los valores inherentes; hay que razonar sobre ello como personas con deberes y derechos. Debemos entender que el valor de los seres humanos difiere del que poseen los objetos que usamos. Las cosas tienen un valor de intercambio y son reemplazables. Los seres humanos, en cambio, tenemos un valor ilimitado puesto que, como personas dotadas de identidad y capaces de elegir, somos únicos e irreemplazables; por tanto, dado a que somos Ubres, en el sentido de que somos capaces de efectuar elecciones, debemos ser tratados dignamente como personas, y no únicamente como un medio para llegar al poder. En otras palabras: las personas no deben ser utilizadas y tratadas como objetos. Las cosas pueden manipularse y usarse, pero la capacidad de elegir, que es una facultad propia del ser humano, debe ser respetada.
El principio de respeto supone un respeto general que se debe a todas las personas; pero cada persona en su desempeño como ciudadano debe hacerse merecedora del respeto de los demás, especialmente del de los dirigentes que elige, comenzando por respetarse a sí misma y a mostrar que su decisión, al elegirlo en un cargo, fue realizada con dignidad, criterio, razón y argumentos debido a que el propósito fundamental del ejercicio de elegirlo en un cargo oficial del Estado, es para que esté al servicio del pueblo, sin hacerle daño y dañar a las personas, procurando siempre el bienestar de los demás, no únicamente el suyo, el de su familia y el de sus allegados. El principio de respeto no se aplica sólo a los demás, sino también a uno mismo. Así, para un profesional, por ejemplo, respetarse a sí mismo significa obrar con integridad. Ser profesional no es únicamente ejercer una profesión sino que implica realizarla con profesionalidad, es decir: con conocimiento profundo del arte, con absoluta lealtad a las normas deontológicas, buscando prestar un servicio a las demás personas y a la sociedad por encima de intereses egoístas. Toda persona tiene razón suficiente, y sin esta razón se pierde la identidad y se llega a no ser nada. Por eso, si tenemos que elegir entre dos o más posibilidades, debemos votar por aquella que ofrece mejores resultados y oportunidades para más gente.
Con esta explicación y un poquito de cabeza, cualquier persona puede llegar a entender que la culpa no es de los candidatos, sino de pelotudos como nosotros que, conociéndolos como los conocemos, todavía los elegimos. "Por sus obras los conoceréis” (Mt 7,15-20)
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