Estancamiento?

Por: Juan Carlos Echeverry
Columnista El Espectador
Tres reputados economistas (L. Summers, P. Krugman y W. Galston) advierten que Estados Unidos puede haber iniciado una era de “estancamiento secular”. El mismo argumento cabe, y con mayor fuerza, para Europa y Japón.
En el caso norteamericano, el motor del crecimiento de las últimas décadas del siglo XX fue el dividendo demográfico: la población y la fuerza laboral crecían, demandaban más vivienda, autos, bienes y servicios de todo tipo; las mujeres entraban masivamente a trabajar; era una población joven que ahorraba más de lo que consumía, y sus ahorros y fondos pensionales se convertían en inversión.
Ahora es al contrario. La población envejece, sus pensiones son costosas y su salud aún más; consume y no ahorra. Este dividendo demográfico inverso será cada vez más pesado; en la medida que la longevidad es mayor que lo esperado, esos costos se magnifican.
La torta de los ricos crecerá poco y los viejos se llevarán una tajada mayor, que habrá de salir de los jóvenes a punta de impuestos o de bajar gastos, por ejemplo en defensa. No será fácil. Algunos lo llaman la “nueva normalidad”.
Esos autores no enfatizan otro factor, tan importante como los demográficos. La manufactura y sus ganancias en productividad se han movido a los países pobres. Asia, Latinoamérica y África producen hoy más de la mitad del PIB mundial, muy por encima del 30 por ciento de hace un par de décadas.
¿Esta era de estancamiento contaminará a Latinoamérica? Aún tenemos una curiosa mezcla: el dividendo demográfico será positivo por un par de décadas más, pues tenemos poblaciones jóvenes y la participación laboral de las mujeres todavía puede aumentar. Tenemos abundancia en agua, tierra y alimentos; así como en minería y energía.
Los recursos naturales, que han sido bendición y maldición a lo largo del siglo XX, son ahora manejados con prudencia, gracias a innovadores instituciones fiscales como la regla fiscal, el ahorro y el manejo de regalías, instituidas en los países más serios de la región. Con ellas controlaremos los ciclos de bonanza y depresión.
China, por su lado, será menos dinámica que en las tres últimas décadas. Su población no crecerá, la urbanización ya se encuentra limitada y el costo de salud y pensiones para una población en envejecimiento rápido será una pesada carga. Como resultado de estas tendencias demográficas, los rendimientos de las inversiones chinas caerán a lo largo de los próximos diez años. Eso abre una posibilidad para los demás países emergentes.
La pregunta clave es si estaremos en capacidad de pelear por la localización de la manufactura. El mundo lleva 50 años desarrollando a Asia, porque en América Latina no ofrecíamos la estabilidad institucional y económica de ellos y nuestros costos laborales eran más altos.
Ya no es así. Los costos laborales se han acercado y muchos de nuestros países ofrecen hoy estabilidad política e institucional comparable a la de Asia. ¿Qué nos falta para que inducir una localización masiva de empresas como la que disfrutó Asia desde 1960? Esta es la pregunta más importante que nos debemos plantear.
En suma, los países ricos tienen un futuro sombrío. Los mejores años de China pueden haber pasado. Y a América Latina la puede salvar la mezcla de dividendo demográfico positivo, la riqueza natural y la posibilidad de atraer la localización masiva de empresas. Clase media, agro, minería, infraestructura, innovación y localización de empresas. Esas son las locomotoras.
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