Tres ciudades en la selva

Para comprender el sueño colombiano del americano Vivan Christman en lo profundo de las selvas de Meta, Vichada y Guainía no hay que pensarlo como una empresa forestal sino como una novela. Transcurre en tres puntos remotos de la geografía nacional, todos marcados con estrella propia en el mapa, pero tan difíciles de alcanzar, que parecen en el universo mismo.
La estrella más cercana de la civilización está en Meta. Tiene una extensión de 32.000 hectáreas de selvas degradadas en frustrados intentos de potrerización y producción de cultivos ilícitos. 
La segunda estrella, de 41.000 hectáreas, está en Vichada y es apenas un punto en la inmensidad de selvas y llanuras de múltiples puntos desérticos en frustrados intentos de colonización. La atraviesa el paso eterno de silenciosos ríos que tardan años recorriendo la epidermis de la tierra antes de alcanzar el mar. Pese a su vasta extensión y riquezas inexploradas, solo es habitada por cuatro familias.
La tercera, de 28.000 hectáreas, situada en Guainía, lejos de toda intervención del Estado es habitada por cinco familias. De su suerte dan cuenta las lacras de hachas y las motosierras con las que algunos colonos abrieron chagras para cultivar coca, como producto rentable porque lo demás, cultivos de pancoger, cría de animales, ganados y proyectos agroindustriales se los traga la selva pues no hay forma de llevarlos, con precios competitivos, a ningún mercado representativo.
Historia comenzó en 2004 
Christman, quien ha recorrido las zonas complejas del planeta en Asia, África y América Latina, como constructor de embajadas y obras militares para el gobierno de Estados Unidos contempló la selva colombiana como un enamorado contempla la rosa. 
En 2004 fue invitado por la exsecretaria de Estado, Condoleezza Rice, la Embajada de E.U. y el gobierno del expresidente Álvaro Uribe Vélez para ejecutar, en el Bajo Putumayo, un trabajo que para ese momento era secreto: una carretera y una base militar con la que el Gobierno pretendía llevar seguridad y prosperidad a la región. En Antioquia fue el constructor de obras para llevar seguridad al corregimiento Santa Rita, de Ituango, en las selvas del Paramillo. 
Para la obra de Putumayo los gobiernos de E.U. y Colombia le fijaban cuatro reglas de oro al constructor: no contrate gente desplazada, porque perdió todo hábito de trabajo; no contratar gente local, porque es afín a la guerrilla y está marcada por un pasado narcoguerrillero; todos los trabajadores deben llegar de otras zonas, vivir en campamentos alejados de la población local y todos deben tener pasado judicial vigente.
La realidad
Christman visitó la zona, observó la situación de las comunidades y también fijó sus condiciones. Decidió trabajar con lugareños, pues eran quienes conocían la selva y soñaban con su desarrollo; no exigirle pasado judicial a ningún trabajador, pues si todos tenían pasado narcoguerrillero no necesitaban pasado judicial y, además observó que la gente de la región empezaba a raspar coca desde su infancia, lo que hacía imposible conocer su huella digital.
Subvertidos los argumentos de los gobiernos y sin nadie dispuesto a una empresa en la que habían fracasado otros, el desafío de Christman fue aceptado. Para su sorpresa, el talento, el empeño laboral y el ingenio con el que los lugareños resolvían los problemas a los que tenían que enfrentarse superaban cualquier expectativa del extranjero.
Un día se quedaron sin cemento. Traerlo al frente de trabajo solo era posible a través de un puente aéreo, lo que quebraba cualquier presupuesto porque los ríos estaban sin agua por el verano.
A punto de ver paralizada la obra, Christman habló con uno de los líderes de la zona. El hombre le pidió que llevara el material hasta Puerto Asís, que ellos se encargaban del resto. Luego de horas de cálculos, el equipo de constructores decidió trasladar el cemento de Bogotá a Puerto Asís. No habían pasado tres días, cuando Christman vio aparecer por las aguas secas del río un desfile de pequeñas canoas con su carga de cemento. 
Al final de la obra, la compensación de Christman fue una respuesta demoledora sobre el impacto de la misma.
"Mister Christman", que ya era popular en los caseríos del bajo Putumayo, se sentó a dialogar con uno de los indígenas más viejos de la región.
"¿Por qué cree usted que logramos hacer esta carretera sin un solo atentado, sin una sola amenaza, sin extorsiones, cómo había ocurrido con otros contratistas?, le preguntó al aborigen.
La respuesta fue contundente: "Míster, le respondió el indígena, porque a mis años, gracias a los salarios que ustedes pagaron, es la primera vez que en este pueblo todos los niños tienen zapatos".
Nace un bosque 
Sin asomo de orgullo, la experiencia profesional de Christman ha transcurrido como creador de compañías de alto rendimiento y hace parte de una multinacional con sede en Colorado, E.U. 
En medio del cristal de la soledad de la selva. Christman se preguntaba una y otra vez cómo era posible que los colombianos no comprendieran el tesoro del que eran dueños.
En su nube de interrogantes soñó con la idea de Un Bosque, plantado con árboles de maderas duras de alta calidad; con una minería inteligente y respetuosa del medio ambiente, con tres pueblos poblados con un promedio de 15.000 habitantes cada uno, que derivaran el sustento de los productos de la madera, proyectos silvopastoriles, cultivos de peces, protectores de la vida silvestre; un pueblo con zona comercial, parque central, escuelas, universidades, espacios para la recreación, centros tecnológicos, futuras carreteras, aeropuertos, internet... 
Transmitió su idea en gestación a su empresa en E.U. donde le pusieron cifras, métodos de financiación, potenciales clientes, ubicación de los pueblos, sus zonas comerciales, escolares, de recreo, con casas de 300 metros cuadrados, 180 de ellos construidos y la financiación a los futuros habitantes de sus viviendas.
Como el proyecto no es para beneficio de unos cuantos, el plan es que los empleados lleguen a tener la mayoría de las acciones.
Al regresar a Colombia con el proyecto listo, el primer sentimiento de Chrisman fue de frustración al recibir un no rotundo de parte de algunos de los grandes empresarios locales. "Cómo se le ocurre que vamos a invertir en la selva, en proyectos de tardío rendimiento y bajo la sombra de la violencia..." 
De nada valieron las explicaciones de Christman sobre futuras utilidades billonarias, pero el fiasco no hizo mella en su mentalidad. Programó una reunión con 2.000 estudiantes de las más prestigiosas universidades bogotanas. Les explicó paso a paso lo que había en la selva y lo que podría construirse allí. La respuesta, además de lágrimas por la degradación de la región y el abandono estatal, fue un sonoro aplauso y la idea de vender acciones a 2.000 pesos para incluir a los futuros profesionales.
A falta de interés local buscó fuentes de financiación entre empresarios europeos, chinos, japoneses y estadounidenses que no tuvieron dudas frente a la iniciativa y hoy hacen parte de la misma.
Un Bosque, pensado además como un proyecto para un futuro de paz del país, cuenta con un equipo de aserores de varios ministerios, Fuerzas Militares, Dian, distintas oenegés de Derechos Humanos, indígenas, Usaid y asesores internacionales.
Hoy, en su primera etapa, el proyecto tiene plantados los primeros 100.000 árboles, con todas sus especificaciones técnicas para mitigar fenómenos como los largos inviernos y también las largas sequías de la región. 
Christman, por su parte, recorre el país, las universidades, las asociaciones de víctimas y desplazados porque considera que la iniciativa, como muchas otras que vendrán, será la posibilidad para que miles de familias piensen en dignificar sus vidas construyendo futuro, retornando a los lugares de las que fueron desplazadas. Y como el camino es largo, Christman ya echó raíces en el país al unirse en matrimonio con una descendiente de un expresidente de Colombia. De todas formas, como dice el verso, será siempre bienaventurado quien jamás sacrifique su sueño por el pan de cada día.

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