Inequidad social en la frontera

A Jorge Guzmán, director del Plan Fronteras para la Prosperidad (PFP) y a sus compañeros de trabajo les ha tocado hacer un curso intensivo de geografía por las regiones más bellas, con más potencialidades y a la vez más olvidadas del país.
En el curso, Guzmán ha recorrido seis horas en lancha desde Puerto Carreño por el río Orinoco o se ha gastado 26 horas desde Uribia hasta Nazaret (serranía de la Macuira) en La Guajira.
Sus compañeros de la Cancillería han tenido que caminar 21 horas “por sitios en los que no pasan ni las mulas” y recorrer siete ríos para llegar al Gran Diviso, la zona más cercana de las comunidades Awá, en Nariño, donde se iban a entregar 18 restaurantes escolares. Otro tuvo que hacer un recorrido de 21 horas en lancha y seis en camión para supervisar la construcción de escuelitas rurales, en la comunidad indígena de San Felipe, en Guainía.
Estas obras, afirma Guzmán, aunque parecen muy pequeñas, son el resultado de un amplio trabajo de concertación con las comunidades y las autoridades locales. Tan solo el año pasado se hicieron 60 talleres, en 33 de los 77 municipios declarados como zona de frontera en el país.
Gracias a ellos se logró la formulación de 139 proyectos de impacto social y económico por 235.000 millones de pesos. Sin embargo, están a la caza de recursos para su ejecución.
Grandes diferencias
De acuerdo con los reportes de Naciones Unidas, después de Haití, Colombia es el país más inequitativo en América Latina. Al hablar de las zonas de frontera la situación es más crítica porque en muchas de las poblaciones no hay presencia del Estado. 
“Hay una diferencia muy grande en términos sociales, de necesidades básicas insatisfechas, calidad de vida y nivel de desarrollo, con respecto al promedio nacional”, aseguró Guzmán.
El trabajo se concentra hoy en las fronteras con Ecuador y Venezuela y se está empezando a hacer presencia en San Andrés. Lo que se busca es ejercer soberanía en el tema de seguridad y en lo social.
Es que se trata de áreas en las que la zona rural es la predominante y en la mayoría de los casos se trata de poblaciones en las que sus habitantes están dispersos. 
Este es el caso de Uribia (La Guajira), el segundo municipio más grande del país, donde solo 10.000 de sus 140.000 habitantes están en la zona urbana. 
También hay regiones en las que la presencia de los grupos armados tiene confinados a la población. Este es el caso de los Awá que habitan en la zona del Gran Diviso, en Nariño. Una de las sorpresas que se llevaron los funcionarios de la Cancillería fue saber que la última vez que los indígenas vieron a un representante del Gobierno fue hace 12 años cuando los visitó un delegado de la Gobernación de Nariño.
Por eso es que buena parte de los proyectos que se formularon en los talleres tienen que ver con salud, agua y saneamiento básico, gobernabilidad, fortalecimiento institucional y cadenas productivas.
A esto suma la promoción turística, porque se trata de zonas con una gran belleza natural, y la gestión cultural y de convivencia.
La idea es que los muchachos que viven en las zonas fronterizas tengan actividades curriculares que los alejen de la tentación que pueden representar los grupos armados ilegales.
La música y el fútbol se están convirtiendo en los mejores aliados. En Cúcuta y en Ipiales, las bandas de las escuelas Batuta servirán para integrar a jóvenes de los dos lados de la frontera. Con el fútbol se busca promover los valores y la convivencia.
Fuente: El Colombiano
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