Delfines rosados son usados como carnada

Los están matando los pescadores para meterlos en una jaula, hundirlos descompuestos y capturar hasta 300 peces.
Jean Gingras aguarda, con su moderna cámara, en un rústico bote con motor fuera de borda a que un delfín rosado salte de las aguas del río Bita, en la reserva de biósfera del Tuparro en Vichada, para capturar una imagen y llevársela a sus dos hijos en el Estado de Washington (Estados Unidos), para corroborar lo que les había dicho antes de partir a este viaje: que en la Orinoquía colombiana existen estos llamativos mamíferos acuáticos.
La espera es larga. Jacinto, el motorista, reduce la velocidad del bongo, el bote, y, a lado y lado, Jean y los demás tripulantes aguardan con ansiedad. "¡Allá hay uno!", grita Fernando Trujillo, el guía de la expedición y las cámaras fotográficas y de video se activan...pero el esfuerzo es en vano: el hocico largo, los ojos pequeños y la aleta dorsal se han perdido en el agua.  La imagen ha quedado desenfocada.
Ver a un delfín es impresionante y tomarle una fotografía es tener un tesoro, no solo por la pericia que se necesita para obturar la cámara en el momento preciso, sino porque es una especie que vive en riesgo: en Colombia sabemos que existen, pero los vemos como una simple atracción turística, en algunos países ni siquiera saben de su existencia -una colega de Uruguay se sorprendió cuando le mostré una imagen y dijo desconocer que existiera un delfín de río- y algunos pescadores los ven como enemigos.
Las estimaciones de la Fundación Omacha, en alianza con la Universidad San Andrews en Escocia, indican que la abundancia de delfines en el río Amazonas es de 400 de dos especies en los 106 kilómetros de ese poderoso afluente, mientras en la región del Orinoco son de 0,8 animales por kilómetro recorrido. A su vez, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés) revela que podrían ser 40.000 en todos los ríos de Suramérica.
Es una cifra que se puede reducir de manera ostensible porque en algunos de los 12 principales ríos del continente los delfines son usados como carnada por pescadores inescrupulosos. "Los están matando para meterlos en una jaula, hundirlos descompuestos y capturar hasta 300 kilos de un pescado que en los supermercados nos lo venden como si fuera Capaz, pero es un carroñero que es conocido en Colombia como Mota o Mapurite y en Brasil, como Piracatinga", dice Trujillo, director científico de la Fundación Omacha.
Es una práctica que los Gobiernos de Colombia y Brasil han tratado de erradicar, pero la lucha no ha sido nada fácil: la Mota o el Piracatinga ya se sirve en algunos bares de Río de Janeiro, Sao Paulo y Mina Gerais como pasabocas y en algunos supermercados de Bogotá llega 'raspado' para evadir el control de las autoridades.  Trujillo asegura, además, que un reciente informe  dio cuenta de que estos carroñeros se están exportando a Haití.
Toda esta operación es síntoma de que se están sacrificando delfines a cambio de poner en la mesa de los consumidores un pescado que, por ser carroñero, acumula grandes cantidades de tóxico y  mercurio.
Hamburguesas para salvar delfines
Tim Werner, quien dirige el programa de Conservación Marina en el Acuario de New England, sostiene que usualmente los conservacionistas y la legislación ambiental hacen ver a los pescadores como unos villanos y endurecen las leyes para regular el lugar y la forma como ellas pescan. Pero, advierte, ese no es el camino. "Tenemos que ser proactivos y reconocer que los pescadores no son villanos, sino que son una parte esencial para encontrar una solución", dijo Werner a 'The New York Times'.
Ese parece ser el mensaje que están desarrollando las mujeres de los pescadores en Leticia (Amazonas), donde crearon una fundación llamada Amapropez, que tiene como tarea comprar los bagres que muerden los delfines rosados y que son desechados en el puerto, porque no se acostumbra enviar a Bogotá peces incompletos. Los bagres son convertidos en filetes, postas e, incluso, hamburguesas. De esta forma, los pescadores, enseñados por sus compañeras, han empezado a ver a los delfines como unos amigos en sus faenas. Además, 300 familias realizan artesanías alusivas al delfín para sobrevivir en una dura economía local.
La estrategia está atada al turismo responsable. Los cálculos de las autoridades locales de Leticia indican que un 94.6 por ciento de los turistas que llegaron a esa ciudad limítrofe lo hicieron porque querían, en primer lugar, conocer los delfines rosados.  Un solo delfín, dicen, le deja a la economía local, un promedio de 22 mil dólares anuales, comparado con los 15 dólares que cuesta matar a uno de estos mamíferos para encerrarlo en una jaula, descomponerlo y usarlo como carnada.
En el Orinoco el turismo responsable ha empezado a tomar fuerza. Unos 30 lugareños, como Inés Zuluaga,  han decidido convertir sus extensas fincas en las riberas del río como reserva privada y recibir incentivos. El lío, me dice el pescador Luis Herrera, es tratar de convencer a los turistas que solo ven al Vichada como un destino para la pesca deportiva o para realizar insólitos viajes  en busca de drogas ilícitas y prostitución a bajo precio. "Mucho turista viene aquí es a enloquecerse", anota.
Un plan esencial
Pero más allá de crear estos programas, la conservación del delfín de río es esencial para el planeta. La simple pregunta de por qué es importante  salvar estos mamíferos acuáticos, tiene una respuesta contundente: "Los delfines están en el tope de la cadena trófica de los ecosistemas acuáticos. El plancton es el alimento de los peces; los peces, el alimento de los delfines; y el excremento de los delfines, el alimento del plancton. ¡Todo está conectado! Si falta uno, faltaron todos", explica la bióloga marina Dalila Caicedo.
En otras palabras, la presencia de un delfín en un ecosistema es un buen síntoma para estos espacios. Este, particularmente, es el mensaje que los conservacionistas quieren llevar a las empresas para que ayuden a financiar estas reservas. De hecho, la multinacional HP, con su programa Planet Partners, lo ha entendido así y, desde el 2007, ayuda a sostener la reserva ambiental Bojonawi en el Vichada. Si otras compañías se suman quizás Jean Gingras pueda regresar al río Bita a ver más delfines y, tal vez, hasta les pueda tomar una buena foto.
Fuente: El Tiempo
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