Tierra arrasada

Por algo Cuchillo y sus hombres siguen tan campantes
Por: Alfredo Molano Bravo
El Espectador/Rebelion.org- Los colonos clásicos de prole, hacha y perro derrotaron el papel sellado de las concesiones territoriales y mercedes reales. La Ley 200 del 36, o ley de tierras, o de la función social de la propiedad, fue producto también de esa lucha. Si no hemos sucumbido a las dictaduras ha sido en parte por la solidez de esa economía de pequeños y medianos propietarios. Todo antioqueño lleva un colono adentro. Los buenos precios del café, las carreteras, el ferrocarril, valorizaron la tierra y la violencia del 50 hizo el resto: la economía campesina fue poco a poco sustituida por una economía empresarial no latifundista. Fue la expansión cafetera hacia el sur. La expansión hacia el norte, hacia el Urabá, fue distinta, un proyecto terrateniente y se llamó Carretera al Mar. La violencia —la misma del 50— la llenó de colonos sacados a bala de Córdoba y de las faldas del Paramillo, una mano de obra barata. Las ganaderías de Chigorodó, Apartadó y Turbo se transformaron en los años 60 en el Eje Bananero. La colonización del norte se disfrazó con el mito de la colonización del sur, y quiere seguir hacia Panamá, entre otras cosas porque los acuíferos que han hecho tan rentable la economía bananera están agotándose. Son las dos grandes razones que se persiguen con la apertura de la Transversal de las Américas, hoy en licitación. Por algo los nuevos paramilitares se pasean como Pedro por su casa en las cuencas del Cacarica, el Jiguamiandó y el Curvaradó. Las comunidades indígenas —emberas, catíos, waunanas— y negras del Baudó y del Atrato tiemblan. Ya conocen lo que significan las carreteras. Un jaibana me decía desengañado: “Y si entra carretera ¿por dónde caminamos?”. Uribe no se va sin que esa carretera quede a su nombre.
Como tampoco sin que el Vichada quede escriturado a su gente. A la misma que llama inversionistas y que van al hilo de la carretera Puerto López a Puerto Carreño. Los empresarios de biocombustible —palma, caña, yuca amarga— y los empresarios de marraneras y gallineros gigantescos están comprando la tierra que les quieran —o no les quieran— vender. La hectárea subió en tres o cuatro años de 100.000 pesos a un millón. Las ganaderías están desapareciendo y si antes un hato de 5.000 hectáreas no era raro, ahora un predio de 20.000 hectáreas es la regla. Por algo Cuchillo y sus hombres siguen tan campantes, a pesar de la guerra con Don Víctor. Los nuevos empresarios destrozan humedales, canalizan caños, tumban morichales y, a la vista del Ministerio del Interior, arriendan tierras de resguardo. El Modelo Carimagua-Arias está entrando a saco contra lo que se le atraviese.
El Tapón del Darién, ya bastante destrozado por las grandes ganaderías, dejará en pocos años de ser un pedazo de selva para volverse una bananera. Los Llanos Orientales, aquellos de la sabana y el cielo ancho, serán una fábrica de combustibles, de marranos rosados y gallinas sin pico. Entonces celebrarán el Día de la Tierra Arrasada.
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